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Inconcebible misterio…

Por:

09-10-2008

Total que una viene al festival a divertirse, a ver buen cine, a conocer y entrevistar gente interesante y, por supuesto, a trabajar y resulta que también viene a que le roben. Parte del encanto del festival es que muchos de los días se organizan buenas fiestas y todo mundo va: la prensa, los directores, […]

Total que una viene al festival a divertirse, a ver buen cine, a conocer y entrevistar gente interesante y, por supuesto, a trabajar y resulta que también viene a que le roben. Parte del encanto del festival es que muchos de los días se organizan buenas fiestas y todo mundo va: la prensa, los directores, los invitados y los festivaleros. El día de ayer yo entré a ver RocknRolla de Guy Ritchie, que por cierto es como ver Snatch pero en vez de ser cerdos y diamantes son cangrejos y pinturas. Dicha función acabó a la 1 am, momento en el que decidí, contra todos mis instintos de abuela no fiestera, asistir a dicho evento. Después de ignorar esa muy sabia voz dentro de mí, llegué a la fiesta donde hubo diversos sucesos memorables, el mejor sin duda, ver a Barbet Schroeder (director de cintas como INJU y Cálculo mortal), un hombre de avanzada edad (véase la foto), bailando muy feliz en medio de la pista. Entre otras situaciones que no tuvieron precio, mi nuevo amigo de Por Fin bailando Garibaldi (qué generacional de su parte) sin ningún tipo de vergüenza ni limitación, acompañado de un grupo de otros periodistas, en lo que terminó siendo toda una coreografía.

Y así estábamos bailando felizmente y yó, de manera paranoica, veía mi bolsa y chamarra que acababa de dejar sobre una silla que se encontraba a menos de dos metros de mí. En ese momento, pasó una pequeña multitud y perdí mi bolsa de vista por algunos segundos (máximo 10) y al separarse la gente, me encuentro con la sorpresa de que ni mi bolsa ni el misterioso señor que estaba sentado solo en la silla de a lado, igualmente 10 segundos antes, estaban ahí. En un frenesí de incredulidad busqué mi bolsa en las sillas cercanas y en el piso de los alrededores, no queriendo desconfiar automáticamente de la gente. Sin embargo, esto fue algo ingenuo ya que el ladrón en cuestión huyó de la escena sin dejar rastro.

Después de esperar a que la fiesta se vaciara por completo, con la esperanza de que el bandido hubiese tomado aquello que considerara de valor y dejase mi bolsa y chamarra tiradas en el piso con el resto de mis pertenencias, entré a buscar. Al fracasar, me retiré a mi hotel a las 4:30 am con frío y sin manera de entrar a mi cuarto, ya que la llave iba también en la bolsa.

Pero no desesperen, que no todo estaba perdido como yo creía. Después de pedir una llave adicional y acostarme vagamente deprimida y un tanto enojada en mi cama, sonó el teléfono. El muy agradable periodista de Chilango me informaba que él y Bárbara Iturbe habían encontrado mis cosas tiradas en uno de los pasillos del hotel. En dos segundos tenía los tenis puestos y corría a encontrarme con ellos. Y entonces vi a Bárbara con todos los triques de mi cartera (credenciales, tarjetas, papeles) en sus manos, además de mis lentes obscuros y una que otra cosilla. El dinero, por supuesto, completamente desaparecido, al igual que mi bolsa, la chamarra, la cámara y mi calendario y gafete de prensa. Con un poco más de ánimo agradecí a mis compañeros y me fui a dormir.

 

 

Este texto fue ideado, creado y desarrollado al mismo tiempo por un equipo de expertos trabajando en armonía. Todos juntos. Una letra cada uno.

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