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September 2018

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Ingmar Bergman: cien años de soledad

Por:

07-07-2018
Ingmar Bergman

A un siglo del nacimiento de uno de los grandes maestros del cine, recordamos su vida y obra para dejar una cosa clara: los clásicos nunca mueren.

En la villa de Upsala, al sur de Suecia, la vida le gana una partida diaria al frío. Islote atemporal en medio de la nada, es un paraje en el que, según el humor, uno puede sentir la ausencia de Dios o probar su existencia. Junto a su parroquia, hace cien años, nació Ingmar Bergman, hijo de un rígido y culto pastor luterano cuya castrante sombra sería fundida por el cineasta con la de un Dios indiferente y silencioso.

Upsala era una Atenas en medio de un desierto frío. Ciudad universitaria desde el medioevo, funcionaba gracias a un concilio entre poder religioso, alta cultura y aristocracia; esa mezcla forjó el carácter de Ingmar y, con el tiempo, su universo fílmico. En los 40, cuando fue contratado como guionista, los países nórdicos ya contaban con una de las industrias de cine más estables y creativas de su tiempo; en las salas de Estocolmo, Carl Dreyer o Victor Sjöstrom ya habían ganado para los cineastas la reputación de artistas puros.

Formado en el idioma del teatro, Bergman aprendió a hacer cine como asistente al mismo tiempo que Hitchcock, Fellini o el Indio Fernández hacían lo mismo en otras latitudes. Era un mundo en el que los sets eran las únicas escuelas de cine a la mano. Marcado desde niño por la influencia doble de las compañías de teatro y de las misas protestantes, encontró en la cámara de cine un instrumento casi espiritual para dibujar sus inquietudes con una autoridad mística en donde se cruzaron la voz del pastor, la del filósofo ermitaño, y la de los grandes narradores literarios. Su pilar creativo fueron los rostros y las miradas, precisamente las dos zonas humanas que quedan cerradas en el teatro.

Aislamiento e integración

Si Ingmar Bergman fuera un país –o mejor, una isla–, habría que proponer tres rutas para el turista que desembarque ahí sin brújula para reconocer una de las geografías más diversas e imponentes de la historia del cine. Los senderos que la componen serían: el peso de la memoria, la ansiedad erótica y la angustia espiritual. Pueden recorrerse en cualquier orden, pero ninguno debería dejarse inexplorado. El primero, que es más íntimo y directo, está sembrado por películas en las que el recuerdo y la confesión son protagonistas: Fresas salvajes (1957), Sonata de otoño (1978) y Fanny y Alexander (1982) permiten reconocer a un artista dispuesto a abrirse en público con tal de exponer sus heridas y sus zonas más oscuras, como el miedo a la muerte, el desgaste de la memoria o sacudirse el recuerdo paterno, incluso cuando éste toma una forma femenina, como en Sonata.

La segunda vía, la del desequilibrio sexual, es mejor recorrerla en soledad. Hay que detenerse en Gritos y susurros (1972); Escenas de un matrimonio (1973); Persona (1966) y El manantial de la doncella (1960), cuyo título evoca una de las metáforas más ambiguas y vivaces para nombrar un sexo femenino. Las cuatro, como un retablo, forman un mural en el que las ansiedades de la carne sólo pueden expresarse como fractura o tempestad. Formado en la tradición luterana, Ingmar Bergman, como Luis Buñuel, sólo se permite acercarse al deseo a través de filtros como la culpa, la frustración o el remordimiento.

Finalmente, la ruta del silencio divino debe pasar forzosamente por la trilogía formada por A través del espejo (1961); El silencio (1963); Luz de invierno (1963) y culminar en El séptimo sello (1957), la apoteosis del Bergman acechado por sus dos némesis consentidas: el padre (divino o no) y la muerte. Con este cuarteto, creado en una ráfaga de apenas tres años y medio, el cineasta parece haberse liberado de un peso que le permitió, en adelante, explorar otras regiones del alma e, incluso, animarse a filmar en color.

Cineasta de presentes perpetuos, Ingmar Bergman permanece como uno de los autores más influyentes del cine mundial. Patriarca de herederos tan distintos como Lars von Trier, Woody Allen, Ang Lee o Pedro Almodóvar, el sueco más universal es hoy, a cien años de distancia, aquello que le inspiró más pesadillas: un padre omnipresente cuya sombra no se puede evadir.

(Una versión de este artículo fue publicado en Cine PREMIERE #286)

Periodista, cinéfilo y lector compulsivo, conductor en Mi cine tu cine (Once TV), locutor, jazzero y tragón. Miembro de la Semaine de la Critique de Cannes en 2014 y del Berlinale Talents Press. Estando antes en París, pasaba más tiempo dentro del cine que afuera, así que volví a la Ciudad de México en donde el cine es más barato y, digan lo que digan, se come mejor.

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