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CRÍTICAS Cine

Isla de perros – Crítica

Calificación Cine PREMIERE: 4
Calificación usuarios: 5
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04-05-2018

La segunda película de Wes Anderson en stop motion es un festín visual que luce su don para el detalle y el control.

Pocas cosas tan naturalmente andersonianas como el stop motion. Wes Anderson se caracteriza por la creación de mundos que parecen esculpidos, desviados unos cuantos grados hacia la irrealidad. Sus personajes en live action a veces incluso se desenvuelven como si el mismo cineasta los fotografiara a toma fija, moviendo las partes del cuerpo de sus actores a su antojo, con rapidez y precisión. De ahí que El fantástico Sr. Zorro, su última incursión en dicha técnica, encajara a la perfección en su momento al lado de películas como Rushmore y Los excéntricos TenenbaumIsla de perros  también es hija inconfundible de ese estilo y maestría artesanal: no es el mejor trabajo del cineasta texano (cosa difícil es ser la siguiente después de El Gran Hotel Budapest), pero es una vitrina de exuberancias que luce especialmente su capacidad de control, exactitud y detalle.

Todos los perros de la ciudad ficticia de Megasaki han sido exiliados a una isla de desperdicios por un gobierno y sociedad intolerantes. La vida ahí es dura: un grupo de caninos se enfrenta a otro para quedarse con un costal de desperdicios de comida. Se gruñen entre sí. Uno de pronto interrumpe las animadversiones y pide con un inglés educado que, antes de pelearse, investiguen primero lo que hay en la bolsa para ver si vale la pena. Inspeccionan. Llegan a la conclusión de que sí lo vale. Todos se sumergen en una pelea dentro de una nube de algodón.  

Isla de perros tiene todo: todo lo considerado “andersoniano”, todos los actores que se asocian con él, todos los elementos que en Occidente se relacionarían con “lo japonés”, todas las texturas, todos los pretextos narrativos. Tiene los diálogos disparados, la obsesión con las simetrías (exaltadas ahora por la división de la pantalla en perfectas mitades), las explosiones de color, los patrones, los pequeños capítulos. Su acumulación de elementos quizá delata una búsqueda demasiado consciente de ser estrafalaria, por lo que la convierte en una rareza algo voluntariosa, que combina a como dé lugar tres conceptos  inconexos: perros parlantes exiliados, una fantasía occidentalizada y exacerbada de Japón, y una suerte de alegoría política –probablemente accidental– que no es usual en la filmografía de Anderson.

Su único obstáculo, entonces, es precisamente que parece que el cineasta ha unido demasiado a propósito sus dos deseos iniciales (1. Hablar de perros 2. Hablar de Japón), lo que le da al argumento un poco de rigidez que se contrapone a la vivacidad y capacidad de sorpresa de El Gran Hotel Budapest o incluso de El fantástico Sr. Zorro. Las costuras de Isla de perros se sienten en la trama: hay mucho calculo en ella, por lo que la experiencia que ofrece tiene que ver más con la posibilidad de admirar las ideas materializadas y habilidades creativas del cineasta, que con la de disfrutar una historia que realmente te atrape en todo momento.

Sin embargo, Isla de perros logra encontrar la suficiente vitalidad y encanto en el camino, gracias a sus protagonistas en cuatro patas y a la capacidad de Anderson de unir control obsesivo y consciencia cinematográfica como nadie más. De hecho, si hay un lugar para sacar ventaja de estas dos cosas, es la animación en stop-motion. Tal como sucedió con El fantástico Sr. Zorro, aquí se sigue la odisea de criaturas peludas animadas (y unos cuantos humanos), con técnicas que le dan un aire antiguo a la animación. Anderson nunca ha sido partidario de los trucos novedosos que dotarían de mayor fluidez o realismo a sus personajes o escenarios. Todo lo mantiene táctil: la nube de algodón que representa las peleas, el río de celofán, el pelaje de los perros.

Ya que las fortalezas que el cineasta explota en esta película son el detalle y la exactitud, logra colocar, paradójicamente, mucha de la viveza de la cinta en su diseño de producción. Su ambiente japonés urbano y retrofuturista –que se presenta más como un futuro de un pasado indefinido, que como el futuro de nuestro presente– explota en colores y elementos, pero es en la isla de basura y en la diversidad y belleza de sus parajes oxidados en donde encontramos una libertad inesperada. Lo que podría ser repetitivo (un basurero) se convierte en una lección en imaginación.

Otra fuente de vitalidad y energía es el trabajo de voz de los actores. Anderson es conocido por preferir juntar a todo su elenco para grabar, no sólo en conjunto, sino muchas veces recreando en acción viva lo que sus personajes harán en la escena (es famosa esa anécdota de George Clooney corriendo en una granja, seguido de un gigantesco boom, a la hora de grabar sus diálogos para El fantástico Sr. Zorro). Las voces de Bryan Cranston, Edward Norton, Bill Murray, Bob Balaban, Jeff Goldblum y compañía despiertan un ambiente que de otra forma se percibiría totalmente premeditado, sin posibilidad de espontaneidad, además de poner en evidencia el don de Anderson para crear comunidad creativa con sus actores, antiguos y nuevos.

Con las interpretaciones y ese diseño de producción, la isla donde los caninos permanecen presos y encerrados se convierte, irónicamente, en el lugar en donde más posibilidades existen. También hay proezas técnicas que dotan de alma al conjunto, como unas miradas caninas llorosas, o monólogos largos, difíciles de encontrar en otras películas de stop motion. Técnicamente y en términos de animación, la cinta es impecable.

Esta, sin embargo, no es una “carta de amor” a la cultura japonesa. Al menos no en la sensibilidad de películas como Kubo y la búsqueda samurái. El japón de Anderson es un lugar ficticio, compuesto de todo lo que una fiesta temática occidental tendría: luchadores de sumo, sushi, kimonos, teatro Kabuki, parodias de los haiku. Es condescendiente, sí, (sobre todo por la presencia de una estudiante de intercambio occidental que da lecciones de democracia), pero esa disposición no proviene de una ceguera cultural, al menos, sino de un egoísmo de autor: es Anderson drenando a las películas de Kurosawa y a sus propias fantasías para alimentar su propia inspiración.

Esta indulgencia se salva gracias a la habilidad de presentar mundos que parece que no existen en ningún lado, así como a su decisión oportuna de dejar que el verdadero eje caiga en sus perros. La película encuentra su éxito en la historia de un niño y su mascota: vista a través del lente de esta inocencia, resulta mucho más accesible al público general, no sólo a sus ya consagrados fans. Es admirable que, dentro de sus obsesiones y su arte del control, Anderson encuentre una forma de hablarle a todos.

Además, la vena política en Isla de perros es afortunada y oportuna, pues espejea aunque sea de forma accidental lo que sucede hoy en EE.UU: los niños salen de sus salones de clase para alzar su voz y dar una que otra lección de democracia en temas de control de armas. Los niños de Anderson, por su parte, irrumpen en las elecciones del alcalde malévolo de Megasaki para luchar por la vida del mejor amigo del hombre. En ambos escenarios, el real y el ficticio, los adultos se enojan, y mucho.

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Periodista, editora en Cine PREMIERE y bailarina frustrada en sus ratos libres. Gustosa del cine, la literatura, el tango, los datos inútiles y de la oportunidad de desvelarse haciendo lo que sea.

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