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La seducción de Llámame por tu nombre

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04-03-2018
Llámame por tu nombre

Llámame por tu nombre ha sido considerada una de las mejores historias de amor. Protagonizada por Timothée Chalamet y Armie Hammer, nos cuenta el relato más antiguo y universal de todos: la pasión contenida.

Cuando la novela del egipcioestadounidense André Aciman, Call Me by Your Name (Llámame por tu nombre), fue publicada en 2007, se ganó al mismo tiempo los calificativos de “universal” y “clásico moderno homosexual”. La historia de Elio, un adolescente brillante que disfruta y sufre de su primer amor en los brazos de un sofisticado intelectual, resonó en críticos y lectores de todo tipo por su forma de narrar en primera persona –más que una historia de “literatura gay” o un simple “romance de verano”–, una conexión intelectual, física y sentimental. Una añoranza de contacto.

“Como todas las historias clásicas de amor”, escribió el crítico literario de The Washington Post. “Ésta se desarrolla con el suspenso de un thriller: ¿acaso la pasión de Elio será finalmente retribuida por la persona a la que adora?”. Al esperar una interacción con el sujeto de su deseo, Elio siente fuego “paralizante, como el de bombas que roban todo el oxígeno a tu alrededor y que te dejan jadeante, mientras tienes la esperanza de que nadie hable, porque no podrías hablar, y rezas para que nadie te pida moverte, porque tu corazón está tan congestionado y late tan rápido, que seguramente escupiría pedazos de vidrio antes que otra cosa”. El personaje es, en este sentido, todas y cada una de las víctimas de la pasión primeriza que hayan caminado sobre la Tierra desde el inicio de los tiempos.

El libro, por otro lado, también ha sido acogido con fascinación por buena parte de la comunidad LGBT, por encima de sus claras dimensiones heterosexuales: fue escrito en tres meses por un hombre casado que afirmó nunca haber vivido una relación con alguien de su mismo sexo, además de que la sexualidad de sus personajes nunca se define por completo (se relacionan tanto con hombres como con mujeres).

André Aciman ha dicho en varias entrevistas que la historia fue, más bien, producto de unas vacaciones truncas: se disponía a llevar a su familia a pasar el verano en una villa mediterránea, pero algo lo impidió. Frustrado, empezó a escribir una historia situada en la Riviera Italiana. Primero imaginó una casa suntuosa rodeada de pinos: “Había un joven en esa casa que era como un retrato de mí, si es que hubiera crecido allá”, le dijo Aciman recientemente al New York Post. “Y después entra a escena otro joven [el interés amoroso de Elio]… realmente no estaba planeando escribir ese tipo de historia. Simplemente germinó de mi curiosidad”. Esa aproximación humana y de cierta forma incidental a la historia de amor entre dos hombres jóvenes es lo que ahora se le celebra también a la adaptación cinematográfica que el director Luca Guadagnino (I Am Love) ha hecho de la novela.

Protagonizada por Timothée Chalamet y Armie Hammer, Llámame por tu nombre se ha convertido en una sensación desde su estreno en Sundance 2017: recibió una ovación de pie y ha catapultado a Chalamet al olimpo de las revelaciones jóvenes. Contra todo pronóstico, la película se mantuvo memorable durante todo el año –muchas joyas de Sundance no lo logran– hasta tomar su lugar como una de las mejores películas de 2017, según varios conteos, y una fuerte contendiente en la temporada de premios. La cualidad que frecuentemente se destaca de ella es su “universalidad”, su don para desbordarse más allá del público reducido que se le anticipa a toda historia con temáticas homosexuales.

El cuento más viejo de todos

Junto a películas como Secreto en la montaña, Carol y la reciente ganadora del Oscar, Luz de luna, Llámame por tu nombre se ha ganado un lugar en el ojo del cine “mainstream”. No todas las películas centradas en personajes homosexuales consiguen –ni desean, claro– apelar a un lugar como ése; sin embargo, ¿qué es lo que le ha dado a estas cintas un lugar “universal” en la audiencia contemporánea?

“Creo que tiene que ver con lo humano”, nos dice el director mexicano Sergio Tovar Velarde, quien ha representado a la homosexualidad masculina en su película Cuatro lunas (2014). “Hay muchas formas de aproximarse a un tema, y en estos casos se da desde lo más humano, lo más profundo, no importan ni las preferencias sexuales, ni la nacionalidad ni el color de piel. Cabe aclarar que no está mal hacer un cine de códigos menos accesibles, pues es una herramienta poderosa que, si bien no le habla a todos, a quienes sí, les habla fuerte y claro. Pienso que el cine sobre personajes gay es por default considerado de nicho y lo que permite a ciertas películas trascender es su capacidad de hacer que el gran público olvide que está viendo en pantalla a un gay o a un hetero y empiece a ver seres humanos”.

En este sentido, Llámame por tu nombre se presenta (desde el momento en que su mismo autor así la descubrió mientras escribía) como una historia sin “orientación sexual”: un coming of age sobre el primer amor, en el que sucede que los personajes son del mismo sexo. No es un factor que determine fuertemente los eventos dramáticos “como sí lo son el descubrimiento y la incertidumbre”, señala Tovar Velarde. Sobre todo, y así como sucedió con las mencionadas Luz de luna y Secreto en la montaña, encuentra su universalidad en el deseo trunco, en la imposibilidad de acceder a y expresar los propios sentimientos, algo que se le atañe a la imagen convencional de lo masculino. Llámame por tu nombre halla a su público masivo en el deseo contenido de sus personajes al mirarse: en lo que hierve, pero que no puede decirse.

El amor lejos del castigo

El que los personajes de Elio (Chalamet) y Oliver (Hammer) vivan un romance aislado de las batallas que suelen atormentar a las relaciones homosexuales en pantalla (la homofobia, el rechazo social y familiar, los dogmas conservadores, la violencia), inmersos en una burbuja de placeres e intelectualidad, ha despertado en el debate público la necesidad de identificar una “nueva era” de películas que tocan la temática gay, en las que el conflicto no surge de la sexualidad de sus personajes. Como ejemplos de esto se han citado cintas como la inglesa God’s Own Country (2017) –sobre un granjero que tiene una relación con un migrante–; y la próxima Love, Simon (Greg Berlanti, 2018), sobre la vida de un adolescente que intenta balancear su vida de preparatoriano.

Armie Hammer lo dejó claro en una entrevista para USA Today: “Lo que me gustó [de participar en Llámame por tu nombre] fue que nadie tuviera que pagar algo por ser gay. Nadie fue golpeado por una pandilla, a nadie le dio SIDA, a nadie se le volteó su familia. Son sólo dos personas enamorándose y creo que eso es hermoso”.

Sin embargo, esta aproximación despolitizada también le ha valido a la película algunas críticas, que la acusan de la tibieza de todo aquello que desea apelar a una audiencia amplia. Sobre todo cuando esta sutileza ha sido aprovechada por el mismo estudio, que en cierto punto hasta intentó vender la historia en Reino Unido como un romance heterosexual al poner en redes sociales una fotografía engañosa, en la que Elio aparecía con un personaje femenino.

“En estos tiempos convulsos de corrección política en el cine hay, sin duda, un espacio de reivindicación para las películas sobre diversidad sexual, que –por supuesto– deben ser poco provocadoras, al contrario, por ejemplo, de las películas de Bruce LaBruce o de Todd Haynes”, nos platica el cineasta mexicano Roberto Fiesco –ganador de dos premios Ariel por dos proyectos con temas de identidad sexual (Quebranto y Trémulo)–, quien opina que mucha de la seducción de Call me… está, justo, en lo que no dice. “Más bien tiran hacia la complacencia y están focalizadas en una historia romántica, para nada distinta de una historia heterosexual, que cuida no herir ninguna susceptibilidad. Call me… viene a representar esa ‘normalización’ que tanto buscó el movimiento LGBTTTI (‘No somos distintos. Tenemos los mismos derechos’), que lamentablemente también masifica y quita cualquier elemento de provocación contracultural y política que el movimiento tuvo en sus inicios. Pienso en el fracaso en EE.UU. de 120 latidos por minuto, una película sobre un tema que sigue siendo incómodo (el romance, por otro lado, nunca es incómodo) y vergonzante para los conservadores gringos como es el VIH”.

Ante esto, la mayoría de los cuestionamientos consideran importante no olvidar que la violencia, la discriminación y la falta de libertades siguen siendo una pesadilla para muchas personas homosexuales en latitudes ajenas a la Riviera Italiana de Elio. “En definitiva no pienso que sean asuntos superados, ni en México ni en la mayor parte del mundo”, nos dijo Tovar Velarde. “Se han dado grandes pasos pero la lucha continúa: muchas personas aún la están pasando muy mal. Es probable que se haya vuelto repetitiva la forma de representar sus conflictos, pero no es que un tema se gaste: con una dosis de originalidad ninguno caduca. Hablando de la vida gay en México, encuentro que la CDMX ha avanzado a velocidad tal que nos crea el espejismo de que en el resto del país, para todos, la cosa es sencilla. Y no”.

(Una versión de este artículo fue publicada en Cine PREMIERE #281)

Periodista, editora en Cine PREMIERE y bailarina frustrada en sus ratos libres. Gustosa del cine, la literatura, el tango, los datos inútiles y de la oportunidad de desvelarse haciendo lo que sea.

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