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REVISTA Columnas

Marley (Rothko) y yo

Por:

22-01-2009

Rothko Marley CUIDADO: CONTIENE SPOILER Entré a la sala renuente. Yo quería echarme El curioso caso de Benjamin Button de nuevo, para estar a tono con las nominadas al Oscar de esta mañana, pero G quería ver algo más bien "ligero, palomero". Y así fue: Marley y yo, con un cachorrito en el póster mordiqueando […]

Rothko

Marley

CUIDADO: CONTIENE SPOILER

Entré a la sala renuente. Yo quería echarme El curioso caso de Benjamin Button de nuevo, para estar a tono con las nominadas al Oscar de esta mañana, pero G quería ver algo más bien "ligero, palomero". Y así fue: Marley y yo, con un cachorrito en el póster mordiqueando una foto de Jennifer Aniston y Owen Wilson, sonrientes. Compré, para estar a tono, unas palomitas grandes y una cocalai tamaño jumbo. Olvidarse de la crisis, ver una tontería, reír con las ocurrencias de un perro. La cinta, basada en el recuento real de John Gorgan sobre su vida familiar desde que se casa hasta que tiene ya tres hijos y cómo un perro, "el peor del mundo", lo acompaña a él y a su esposa en el camino llamado vida, comienza como lo que esperaba ver: carne de matiné, entretenimiento melcochoso puro. Sucede lo inevitable: el perro es difícil de educar, corre, muerde, es needy, les hace la vida de cuadritos. Y después, como todo ser (no me atrevo a decir humano, pues los perros, bestias bondadosas, no llegan a ser egoístas e imbéciles como nosotros), Marley envejece, se vuelve sabio, es, aunque la pareja protagonista no lo sepa, parte de la familia. Lo que sigue es lógico: la vida transcurre, los humanos vivimos más que los perros, llegará el desenlace y a Owen Wilson lo enfrentarán con el poder de decidir sobre la vida de su amigo de ojos siempre tiernos. Eutanasia, sin más. A mi lado, entre los espectadores, escuché sollozos, después verdaderos suspiros y mocos lastimeros. Yo estaba igual, y no me atrevía a tomar la mano de G porque si lo hacía inevitablemente me uniría a ese eco de llanto. Ya corriendo los créditos, no hablé por algunos minutos, pensé en los perros de mi vida. En Cafio (mi hermana lo bautizó, incapaz de decir, a su corta, hermosa edad, "Garfio"), al que se le volteó el estómago después de correr en la fiesta infantil de mi hermana, después de comer pastel y brincar y ser el mejor perro del mundo. En Axel, que murió víctima del cáncer y en el auto, a punto de llegar a la veterinaria a ser sacrificado, aún lamía las manos de mi madre. En Oliver, un perro callejero que se apoderó del jardín y ya no nos dejaba entrar: después se volvió en un acompañante fiel, faldero, incomparable. En Benito, un schnauzer que acaba de morir: era enojón, pero simpático, una caricatura casi. Y pensé en Rothko, mi perro actual, al que más unido me he sentido. Como Marley en la película, él es parte de mi familia, de la familia que formamos G, él y yo. Lo saco a pasear cada mañana. En el transcurso del día, espero la hora de la comida para acompañarlo, para que me acompañe. Cuando escribo mi narrativa, terminada la jornada laboral, se echa a mi lado, en un tapete, y me ve como un hijo ha de ver a un padre, o un padre a su hijo. La película me hizo pensar en la mortalidad más, incluso, que El curioso caso de Benjamin Button. Y en la bondad, en el amor incondicional. Por eso escritores a los que admiro, como J.M Coetzee y Fernando Vallejo, sólo creen en los perros, traicionados por la imbecilidad del género humano, hartos de la cobardía, de la deslealtad. Me les uno.

Es investigador del Programa de Culturas Digitales de la Universidad de Sydney. Es el editor fundador de cinepremiere.com.mx y escribe sobre cine, televisión y tecnología en diversos medios nacionales e internacionales.

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