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Las mejores películas para el Día de Muertos

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01-11-2017

El cine mexicano nos ha demostrado que, en nuestro país, la Catrina es una acompañante más en nuestra vida. Aquí las mejores películas para el Día de Muertos.

Mientras en el mundo la muerte es sinónimo de miedo y malos augurios, en nuestro país es parte de nuestras raíces y es la invitada de honor en esa importante celebración en la que recordamos a los que sólo en espíritu siguen con nosotros. Aquí las mejores películas para Día de Muertos que nos demuestran que en México llevamos a la muerte en las entrañas.

  • Macario (1959)

En las grutas de Cacahuamilpa, en Taxco, Guerrero, el cineasta Roberto Gavaldón encendió miles de veladoras y nos mostró a Ignacio López Tarso y a Enrique Lucero (como Macario y la Muerte) filosofando sobre la vida. “Bienvenido a mi gruta”, le dice la Parca al campesino. “Mira, ésta es la humanidad”, afirma, señalando las flamas alrededor de ellos. “Aquí ves arder las vidas tranquilamente. A veces soplan los vientos de la guerra, los de la peste y las vidas se apagan por millares al azar. Las altas, las pequeñas, las derechas, las torcidas…”. La belleza de este diálogo –creado por Emilio Carballido y el propio Gavaldón, a partir de la novela homónima de B. Traven– se combinó con la mirada privilegiada de Gabriel Figueroa. El resultado, visto a la distancia, sigue siendo estremecedor. Macario mostró la fragilidad de la vida y lo inútil que es seguir alargando nuestra estadía en este mundo. Gracias a esto, la cinta permaneció 14 semanas en cartelera, algo inusual para una película sin alguna celebridad de la Época de Oro. Asimismo, compitió por la Palma de Oro en el Festival de Cannes donde Figueroa ganó Mejor fotografía y se convirtió en el primer filme mexicano nominado al Oscar. Pero el triunfo más grande de Macario es que su relato, y esta secuencia, se convirtieron en el retrato por excelencia de la muerte, así como en una de las escenas más bellas e icónicas del cine mexicano.

Foto: Cortesía de la Filmoteca de la UNAM

  • Pedro Páramo (1966)

Existen tres adaptaciones de la obra maestra de Juan Rulfo, una de las más trascendentes de la literatura mexicana. Y aunque sería difícil seleccionar a la mejor, lo hecho por el entonces novato Carlos Velo a mediados de los 60 sobresale. La cinta es el resultado de un trabajo que incluyó nombres como John Gavin e Ignacio López Tarso en la actuación; a Gabriel Figueroa en la fotografía y, sobre todo, a Manuel Barbachano Ponce y Carlos Fuentes –además del propio Velo– como responsables del guion. Así, esta cinta que representó a México en el Festival de Cannes al año siguiente de su estreno, logró tomar lo más elemental de aquel pueblo de Comala, así como lo fascinante de sus habitantes: la muerte. La muerte agridulce, la que se celebra pero que también duele. Una que nos hace sonreír pero que, al mismo tiempo, nos inunda de melancolía. Bien escribía Rulfo en una de sus líneas inmortales: “Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace”, como si nuestra existencia se fuera desmoronando poco a poco a causa de la tristeza…

Foto: Cortesía de la Filmoteca de la UNAM

  • Hasta los huesos (2001)

¿Qué tendría de espantoso morir si, del otro lado, nos esperara una gran fiesta amenizada por la poderosa voz de Eugenia León y en donde la gente bailara al ritmo de Café Tacuba? En 2001, el mexicano René Castillo hizo Hasta los huesos, un cortometraje que se ganaría un lugar dentro de lo mejor de nuestra cinematografía. Más allá de los premios internacionales que obtuvo y del presupuesto que manejó –aunque no hay cifras oficiales, se habla de millones de pesos–, la grandeza de este trabajo radica en el stop-motion con el que fue creado. Aquí, durante 12 minutos, increíbles calaveras creadas con plastilina nos muestran los últimos instantes de vida de un hombre que llega aterrorizado al mundo de los muertos. Sin embargo, ese sufrimiento poco a poco se va transformando al darse cuenta de que la muerte está llena de buenos momentos y mucha diversión. Así se lo hace saber una muy elegante Catrina que, con el mencionado talento musical de Eugenia, le canta al oído una versión estremecedora de “Llorona”, capaz de conmover a los vivos y a los muertos. Si así es como se vive la muerte, no tenemos nada que temer…

Foto: Cortesía del IMCINE

  • ¡Que viva México! (1930-1932)

Impresionado al conocer los grabados de José Guadalupe Posada, el legendario cineasta soviético Sergei M. Eisenstein viajó a México con el ferviente interés de capturar nuestra esencia en celuloide. Con el apoyo del productor estadounidense Upton Sinclair, Sergei permaneció en nuestro país por más de dos años. Su larga estadía provocó que este proyecto, el más ambicioso de su carrera, fuera cancelado. Pero la leyenda de lo que el director de El acorazado Potemkin (1925) había filmado en México ya se había esparcido en el mundo, así que hubo varios intentos de rescatar –décadas después– lo realizado. Fue hasta 1972 cuando el también cineasta soviético Grigori Aleksandrov logró ensamblar la versión más aceptada de ¡Que viva México!, presentando los cuatro episodios originalmente planeados: Sandunga, Maguey, Fiesta y Soldadera, así como un prólogo y un epílogo. De este último resaltaría el especial interés de Eisenstein por el Día de Muertos y los grabados de Posada. Ahí plasmaría la tradición milenaria mezclada con la modernidad de la época. Y es que el soviético vio cómo aquellos grabados que tanto admiró se volvieron realidad; y fue testigo de cementerios y calles inundadas de calaveras –no de hueso sino de azúcar o chocolate– que mostraban lo bien arraigadas que aquí llevamos nuestras tradiciones.

Foto: Cortesía de la Filmoteca de la UNAM

  • Día de difuntos (Los hijos de la guayaba) (1987)

Si un soviético logró inmortalizar la cultura de nuestra nación, un español sería capaz de capturar la idiosincrasia de los mexicanos. Luego de ser el guionista de cabecera de Luis Buñuel –y de escribirle sus cintas más célebres–, Luis Alcoriza comenzó a dirigir sus propias historias. Así creó filmes como Tlayucan (1961), Tiburoneros (1962) o Mecánica nacional (1971), en los que logró escarbar en el alma de los mexicanos para mostrarla tal y como era: llena de claroscuros y contradicciones. Si bien Día de difuntos no tiene el frenesí inolvidable de la última cinta mencionada (ni se trata de uno de sus mejores trabajos), Alcoriza se apoyó en la misma fórmula para juntar a un grupo de extraños, ahora en un panteón, a propósito del Día de Muertos. Ahí, las flores de cempasúchil y las ofrendas llenas de comida y fotografías son testigo de cómo ellos poco a poco se van resquebrajando hasta descubrir que, más allá de las clases sociales, a todos nos unen las mismas debilidades, conflictos, deseos y propósitos. Es todo un drama familiar, pues, de esos que sólo nosotros los mexicanos sabemos crear.

Foto: Cortesía de la Filmoteca de la UNAM

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Apasionado de ver, escribir, leer, investigar y hablar sobre cine en todas sus formas. Soy fan de Star Wars, me sé de memoria todos los capítulos de Friends y si me preguntan de cine mexicano, no hay quien me calle. Editor en Cine PREMIERE.

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