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CRÍTICAS Cine

Mudbound: El color de la guerra – Crítica

Calificación Cine PREMIERE: 4.5
Calificación usuarios: 4
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23-02-2018

Dee Rees condensa en una cinta ubicada en los años 40 una crítica a la intolerancia.

Título original: Mudbound
Año: 2017
Directora: Dee Rees (Pariah)
Actores: Mary J. Blige, Carey Mulligan, Jason Clarke, Jonathan Banks, Jason Mitchell
Fecha de estreno:23 de February de 2018 (MX)

Las imágenes son contundentes. Bajo la bella majestuosidad de los paisajes rurales que se presentan en Mudbound: el color de la guerra, hay siempre un lado oscuro. La magnífica fotografía de Rachel Morrison, primera mujer en la historia de los premios Oscar en ser nominada en esta categoría, condensa todo el drama que la cineasta Dee Rees transmite de forma brutal a la vez que emotiva en esta historia sobre el racismo, la intolerancia, los traumas de la guerra, el amor y las relaciones familiares ubicada en los años 40 y basada en la novela homónima de Hilary Jordan.

Rees, nominada al Oscar en la categoría de Mejor guion adaptado junto con Virgil Williams, utiliza una narrativa brillante que ocupa la voz en off de sus personajes, los cuales hablan desde algún momento futuro, para cambiar de tiempo, espacio y perspectiva y dar al relato un aire de pesadilla (o de sueño en marrón como dice uno de los personajes). Tal vez el único “pero” que habría que ponerle es que la directora casi no le da voz a Henry (Jason Clarke) y mucho menos a Pappy (Jonathan Banks), los odiosos antagónicos. No obstante, esto fortalece al mismo tiempo la postura de una cinta crítica trabajada impecablemente en su ambientación y cuyo trasfondo tiene un hondo sentido contemporáneo.

Banks, a quien se le recuerda por su papel de Mike en Breaking Bad, es quizás el actor más sobresaliente en esta cinta coral ubicada en el sureño Mississippi rural bajo el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Y lo es porque consigue hacer de su personaje un hombre despreciable cuya intransigencia racista aumenta hasta volverse tenebrosamente sádica en el clímax de la historia. Todo se desata a partir de que su hijo Henry decide invertir sus ahorros en una granja y trasladarse al campo con su familia (su esposa y sus dos hijas pequeñas) y él. Pero las cosas no salen muy bien desde el principio, pues se ven obligados a vivir en una casucha destartalada alrededor de las parcelas que comparte con los Jackson, una familia de color que le paga por usar las tierras.

Pero eso no es lo único que comparten. Ambas familias añoran la vuelta de uno de sus miembros, llamados al ejército estadounidense para ir a combatir en Europa. Y es precisamente el regreso de Ronsel Jackson (Jason Mitchell) y de Jamie McAllan (Garret Hedlund), un par de inadaptados sociales a su vuelta, lo que los aísla pero los hace fraguar amistad, el catalizador de aquella situación que la cineasta nos ha presentado en la escena inicial de Mudbound para luego plantear una compleja pero atrayente trama que se cuenta a partir de saltos en el tiempo y el punto de vista de varios de sus personajes.

La visión de Laura (siempre efectiva Carey Mulligan) es la de una mujer desdichada y solitaria que, a pesar de su educación, acata las arbitrarias decisiones de su marido. La de Hap (Rob Morgan), el padre de familia de los Jackson, a pesar de su sabia rebeldía contagiosa, es la de un hombre con la certeza de que no puede hacer frente al racismo. La de Florence (la cantante Mary J. Blige, nominada en la terna de Mejor actriz secundaria y canción) es la de una mujer atormentada por sus silencios. La de Jamie es la de un hombre traumatizado que sólo puede tolerar las intransigencias, racistas y misóginas, refugiado en el alcohol. Y la de Ronsel es la de un hombre frustrado que añora a su mujer alemana pero que experimenta en carne propia la intolerancia social.

El racismo, la intransigencia y la violencia son el aplastante contrapeso de la amistad, el amor y la familia. Es un vistazo a la llamada América profunda, aquella donde las jerarquías de raza son las más valiosas. Un trazo inteligente sobre un rasgo histórico que permite cierta comprensión de la situación política actual, por lo menos para saber dónde obtuvo Trump el apoyo que lo llevó a la presidencia de Estados Unidos. Y es que ese es el gran rasgo de actualidad de la película de Dee Rees: las guerras y los consabidos traumas que genera en los “veteranos” (la mayoría jóvenes en edad productiva incapaces de integrarse en sociedad), así como la intolerancia de una sociedad que normaliza la violencia, siguen tan vigentes como cuando el Ku Klux Klan se proponía ajusticiamientos. Y el empoderamiento femenino todavía parece una promesa que, a pesar de los avances habidos, todavía no se puede alcanzar. Hay esperanza, pero el panorama todavía luce tan desolador como los paisajes ocres, el fango de la granja o las tormentas eléctricas tan bellamente fotografiadas por Rachel Morrison.

Es indudable que Dee Rees, cuya filmografía incluye tres largometrajes de ficción y un documental, es una cineasta a la que no hay que perderle la pista.

Nadie quiere acompañarlo al cine porque come palomitas hasta por los oídos e incluso remoja los dedos en el extraqueso de los nachos. Le emocionan las películas de Stallone y no puede guardar silencio en la sala a oscuras. Si alguien le dice algo, él simplemente replica: "stupid white man".

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