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Oliveira centenario

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05-12-2008

Recientemente publicaron una entrevista con el Premio Nobel José Saramago en la que éste nos dejaba un titular delicioso: “Cuanto más viejo soy más libre me siento y cuanto más libre se es, más radical”.   Pienso en su compatriota Manoel De Oliveira que dentro de apenas seis días llegará a centenario y nos sigue […]

Recientemente publicaron una entrevista con el Premio Nobel José Saramago en la que éste nos dejaba un titular delicioso: “Cuanto más viejo soy más libre me siento y cuanto más libre se es, más radical”.
 
Pienso en su compatriota Manoel De Oliveira que dentro de apenas seis días llegará a centenario y nos sigue obsequiando con una película cada año. Películas, a decir de muchos, aburridas, tediosas y pedantes, cuando lo cierto es que se trata de largometrajes abiertamente radicales en sus planteamientos expresivos, de ahí que no encajen con facilidad en los anquilosados gustos del espectador promedio para el que la “puesta en escena” es un concepto que ha perdido valor y los planos de más de un minuto de duración resultan un atentado contra nuestra paciencia, más bien nula.
El de Oliveira es un caso curioso porque su puesta de largo como realizador y su reconocimiento internacional le llegaron cuando ya había cumplido los 70 años. Hasta ese momento su filmografía estaba integrada por unos pocos largometrajes muy espaciados en el tiempo. La siniestra mano de la dictadura salazarista llegó hasta su cine en forma de censura: la recuperación de las libertades en Portugal fue la que espoleó su talento como cineasta, un talento que llega hasta nuestros días con filmes como A divina comedia (1991), El valle de Abraham (1993), Viaje al principio del mundo (1997), Palabra y utopía (2000), El principio de incertidumbre (2002) o Belle Tojours (2006), en los que ha dirigido a actores y actrices de la talla de Michel Piccoli, Irene Papas, John Malkovich, Catherine Deneuve, Leonor Silveira, Marcello Mastroianni o Stefania Sandrelli.
 
El Festival de Cannes le concedió en Mayo a Oliveira una Palma de Oro Especial al conjunto de su obra, Filmoteca Española ha recuperado su filmografía completa y la ha estado exhibiendo estos dos últimos meses, una filmografía que fue objeto de análisis por parte de los responsables del Museo Serralves de su Oporto natal. Se celebran los 100 años de vida de un creador singular y bien que lo tiene merecido Manoel de Oliveira, llegar a semejante edad manteniéndose fiel al espíritu trasgresor y subversivo que siempre cultivó como cineasta le hacen merecedor de todos los honores.
 
Pero al mismo tiempo resulta, cuanto menos chocante, que caigan en el olvido otros directores que recorrieron el camino inverso al de Oliveira, es decir, cineastas que tuvieron, en su momento, un reconocimiento popular excepcional y que, según fueron envejeciendo se les condenó al olvido. Paralelamente al ciclo que Filmoteca Española dedicó a Manoel de Oliveira, tuvo lugar en la misma institución una muestra cinematográfica sobre la obra del gran Mario Monicelli, padre espiritual de la llamada “comedia a la italiana” y que cuenta en su haber con clásicos como I soliti ignoti (1958), La gran guerra  (1959), I compagni (1963), La armada brancaleone (1966), Amici miei (1975) o Un burgués pequeño, muy pequeño (1977). Muchos le creen ya muerto y nada más lejos de la verdad, a sus 93 años Monicelli sigue rodando, su último largometraje, Las rosas del desierto, data de 2004. Lo que ocurre es que el sistema de producción que había en Italia en sus años dorados fue progresivamente desmantelado y un cine con una vocación comercial evidente como el de Monicelli, se ve privado del alcance deseado por la precariedad de las actuales condiciones de producción, en primer lugar, y por la nefasta política de distribución, en manos de transnacionales gringas que solo cuidan de velar por sus productos. Sólo así se explica que, a pesar del éxito internacional que alcanzaron la mayor parte de sus películas, las últimas obras de Monicelli apenas lleguen a exhibirse fuera de su Italia natal.
 
A Billy Wilder le jubilaron prematuramente a los 75 años porque ninguna aseguradora quería correr el riesgo de hacerse cargo de un anciano como él que podía “fallarles” en cualquier momento, dejándoles tirados en mitad de un costoso rodaje, pese a lo cuál el genio holywoodiense vivió hasta los 96: veinte años de talento desaprovechado. Uno llega a pensar que la salud del cineasta era la excusa y que lo que de verdad les daba miedo a los prebostes de Hollywood es la airada radicalidad que, a sus años, y sin nada ya que perder podría exhibir Billy Wilder en sus realizaciones alejándolas de la uniformidad que exige una manufactura industrial, que es lo que, al fin y al cabo, representa una película para los dueños del negocio.
 
La libertad de tono alcanzada por Mario Monicelli en sus últimas obras es, asimismo, evidente y por eso casa tan mal con una industria ferviente defensora del pensamiento único. Por eso hemos de celebrar la independencia alcanzada por Manoel de Oliveira a sus 100 años (los cumplirá el jueves próximo) porque más allá de su longevidad, es el máximo exponente de una generación de directores que siempre entendió el cine como un arte, negándose a obedecer más consignas que las que salían de su cerebro, fuente privilegiada de creatividad y pensamiento libre.
 

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