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REVISTA Columnas

Orgullo patrio

Por:

12-12-2008

      Llegan las nominaciones a los Globos de Oro y en toda España es noticia de apertura en los informativos la doble nominación de Penélope Cruz y Javier Bardem por su trabajo en la última película de Woody Allen, con mucho lo mejor del filme. Las candidaturas son tan celebradas como el triunfo […]

 

 
 
Llegan las nominaciones a los Globos de Oro y en toda España es noticia de apertura en los informativos la doble nominación de Penélope Cruz y Javier Bardem por su trabajo en la última película de Woody Allen, con mucho lo mejor del filme. Las candidaturas son tan celebradas como el triunfo de Rafael Nadal en Wimbledon, como la consecución del campeonato del mundo de basket por parte de la selección nacional, como el Tour de Francia que ganó Carlos Sastre; el pecho se nos hincha de furor patrio y celebramos esa doble nominación como si se tratara de un triunfo del cine español.
 
Se da la circunstancia de que tanto Penélope como Javier son españoles pero este reconocimiento se produce por una película que aunque rodada en nuestro país y con financiación mayoritariamente española, está escrita, dirigida e interpretada por norteamericanos, con lo cuál a todos los efectos (menos para los miles de catalanes y asturianos que invadieron el set reivindicando el prestigio que la presencia de un genio como Woody Allen confería a su terruño) se trata de un largometraje ajeno por completo a los modos característicos de la industria cinematográfica española, de un film extranjero, ¡vaya!
 
Una cosa es reconocer los méritos de nuestros dos actores y alegrarnos por que fuera de España recién comiencen a celebrarlos y otra muy distinta festejar su éxito como una manifestación palmaria del buen estado de salud que goza el cine español. Nada más lejos de la verdad. La prueba fehaciente de que nuestra industria cinematográfica no tiene nada de qué presumir es esa fuga de talentos que, a la que tienen ocasión, tienen que buscarse las habichuelas en el exterior ante la nula repercusión internacional que alcanzarían desarrollando su carrera en España, salvo que su suerte les lleve a ser tocados pos la varita mágica del genio Almodóvar, el único cineasta ibérico con proyección más allá de nuestras fronteras. Esto no quiere decir que Almodóvar al margen, el cine español no valga ni para tomar por culo, porque eso tampoco es así, solo que nos falta saber vendernos, hacer que nuestras películas se vean en el exterior, publicitar nuestros productos en los mercados internacionales.
 
Eso, que duda cabe, no es únicamente culpa de los profesionales españoles, en otras cinematografías europeas ocurre lo mismo, las majors hollywoodienses acaparan –a través de sus filiales de distribución, establecidas como lobbies– las pantallas a lo largo y ancho del planeta y es muy difícil conseguir estrenar tus producciones fuera de tu país de origen si no pagas el peaje preciso (por ejemplo, conseguir que tu película sea distribuida internacionalmente por Disney o por la Fox) a este conglomerado de empresas estructuradas dentro de un sistema quasi mafioso.
 
Dicho lo cuál, para venderse internacionalmente es preciso presentar un producto distinto, novedoso, que llame la atención y para eso nada mejor que poner en práctica la máxima de Salvador Dalí (que de saber venderse sabía mucho) según la cuál lo más sensato es “alcanzar la universalidad desde la ultralocalidad”. Este razonamiento fue el que orientó la carrera internacional de Almodóvar e incluso años antes la de Carlos Saura, ofreciendo un retrato íntimo del espíritu ibérico apelando a sentimientos y situaciones de alcance universal. Sin embargo, actualmente, y ahí sí hemos de entonar el mea culpa los cineastas españoles parecen perdidos, estando divididos entre quienes tratan de buscar una supuesta comercialidad apostando por formulas convencionales o bien rodando sus producciones en inglés y quienes prefieren detentar un aura de malditismo y siguen empeñados en producir “cine de autor” sin tener muy claro que implica verdaderamente dicho concepto.
 
Así, el grueso de las películas que se ruedan actualmente en nuestro país, carecen de personalidad, resultando anodinas y poco llamativas no ya para un público internacional sino para el propio espectador español que no puede por menos que darle la espalda a su cine ante la falta de exigencias en la que incurren quienes lo producen.
 
Pero este tampoco es un fenómeno local sino global, de hecho ni Penélope Cruz ni Javier Bardem han huido del cine español, su presencia al otro lado del Atlántico suele estar motivada por la calidad de los proyectos que les ofrecen o por el incuestionable talento de quienes les reclaman, gente como Woody Allen, Julian Schnabel, los hermanos Coen o Stephen Frears. Ambos actores están en una situación de privilegio que les conduce a elegir sus proyectos cuidadosamente en función de la singularidad que atesoran y la personalidad de quienes lo dirigen.
 
Si en España fuésemos más selectivos y rigurosos a la hora de plantear la producción de largometrajes y tuviéramos en consideración ambos factores, es probable no solo que nuestras películas fueran más exportables sino que nuestras “estrellas” no se verían tan acuciante la necesidad de cruzar el charco en busca del reconocimiento que este país de metiches, envidiosos y quejicas les niega un día sí y al otro también. En este nuevo, e idílico, escenario sí que estaría más que justificado el orgullo patrio.
 

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