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REVISTA Columnas

Películas de la infancia

Por:

04-07-2012

(Remedio momentáneo de todo malestar (incluyendo el de tipo post-electoral) Tiempos post-electorales álgidos. No cabe duda. Basta asomarse a las redes sociales para comprobar que más de la mitad de los mexicanos jóvenes que las usan andan con los ánimos enardecidos, bien cargados con los fusiles de la indignación. Y sinceramente yo no me incluyo […]

(Remedio momentáneo de todo malestar (incluyendo el de tipo post-electoral)

Tiempos post-electorales álgidos. No cabe duda. Basta asomarse a las redes sociales para comprobar que más de la mitad de los mexicanos jóvenes que las usan andan con los ánimos enardecidos, bien cargados con los fusiles de la indignación. Y sinceramente yo no me incluyo porque mi aberración hacia los representantes del poder surgió hace muchísimo tiempo, tanto que aquello que empezó -también- con indignación, se ha transformado con el paso de los años en un total escepticismo, para bien o para mal, hacia cualquier convicción política.

Pero no por eso he dejado de ser una persona que se considera, aunque suene a contradicción -que lo es- sumamente política. De allí que no deje de generar mis propias ideas alrededor de lo que sucede, aunque las guarde nada más para mí y mis amigos. En realidad, creo que nadie quiere escuchar las palabras de alguien que, para iniciar, no cree en la democracia.

Sin embargo, insisto, no por eso me sitúo en un plano ajeno de los que sí poseen convicciones de este tipo. Y tanto es así que en el último par de días me he visto presa de una incomodidad singular, parecida a la que se tiene cuando el resfriado es inminente pero aún no fluye. Me duelen los huesos del alma y a esos cuesta aliviarlos. Es como un miedo a tener miedo, una angustiosa incertidumbre de la incertidumbre. Una suerte de premonición de que esta bola de nieve es factible de crecer lo suficiente como para delizarse ladera abajo y reventar.

Sinceramente, pocas veces en mi vida he pasado por este estado, y cuando sucede, no se me ocurre un remedio, siquiera temporal, más efectivo que navegar hacia el pasado. Corrijo: navegar hacia las películas del pasado, de mi infancia, aquellas que miraba cuando mi alma, mi mente, ay, todavía superficies de tabula rasa, eran pura inocencia. Ayer, de plano, y luego de desechar algunos capítulos de Remi -recuerdo haber ido a ver Remi, la película, al Teatro Chino- por la tristeza que me siguen produciendo, me miré algunas secuencias de La guerra de los niños (ignoro si la primera o la segunda, que serán la misma cosa), soportándolas, más que disfrutándolas en honor al recuerdo. De hecho ahora mismo no sé cómo hice de Tino et al modelos a seguir y no ejemplos claros de esa ñoñez que había que evitar a toda costa. Supongo que mis primos y yo (éramos al menos ocho los niños que mi mamá logró meter a los Cinemas Satélite sorteando hordas de otros infantes igualmente fanáticos), todavía éramos lo suficientemente ingenuos como para suponer que la vida se resumía en escuela, travesuras, reventarse “pedetes” de cuando en cuando y dedicarle una canción insufrible al profesor preferido.

Hoy la vida ya no es así y de aquella película malísima hecha con tres pesetas y un guión horroroso que tanta ilusión me provocó no queda sino el recuerdo. Pero que valgan los recuerdos hoy y ahora, hoy y siempre. Es lo único que cura, al menos momentáneamente, los retortijones del alma, las incertidumbres, los miedos.

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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