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REVISTA Columnas

Pesadillas

Por:

02-11-2009

Yo sé que la película funciona sólo a ratos, como una manzana a medio pudrir a la que sólo pueden arrancársele algunos trozos.   Aún así me veo forazado a mencionarla, no sólo porque estas fechas se prestan a ello o porque el clima otoñal en Berlín es de lo más apto para vampiros, ghouls […]

Yo sé que la película funciona sólo a ratos, como una manzana a medio pudrir a la que sólo pueden arrancársele algunos trozos.

 

Aún así me veo forazado a mencionarla, no sólo porque estas fechas se prestan a ello o porque el clima otoñal en Berlín es de lo más apto para vampiros, ghouls y diversas especies miembros de la Galería de los Horrores (si mis ventanales dieran a un cementerio y escribiera estocon un gato negro dormido sobre mis piernas el cuadro de mi habitación sería de un stephinkinguismo absoluto), sino también porque constantemente tengo pesadillas, digamos que unas tres veces por semana, y eso tiene que ver con la película en cuestión.

Antes de continuar, he de decir que la mitad de dichas pesadillas me obligan a despertar gritando. Otras son tan realistas que tardo varios seguntos en darme cuenta que por fin he salido de ellas. Las menos, por fortuna, vienen acompañadas de esa angustiosa sensacion de inmovilidad que la gente atañe a cuerpos inmateriales muy pesados y nada divertidos. "Se me ha subido otra vez el muerto", le decía de pequeño a mi madre con ojeras y palidez de heroinómano de cuarenta años.

Pero aun con ese historial, con ese doctorado en pesadillas que me he ganado con el sudor -siempre frío- de mi frente, no me he acabado de acostumbrar a esas quimeras. Para mi desgracia, con el paso del tiempo los monstruos únicamente han cambiado de cara. De pequeño eran robachicas de tacón algo y pinta más bien de casquivanas que me arrancaban del seno materno (mejor habrían sido protagonistas de precoces wet dreams), para después, durante la adolescencia, mutarse en policías o soldados que por alguna extraña razón me perseguían cual líder sesentayochero en sexenio de Díaz Ordaz.

No conformes con una metamorfosis tan bizarra, ahora mis monstruos son profetas que no cejan en hablarme sobre el fin del mundo.

Quizá he visto muchas películas, aunque lo más seguro es que necesite un psiquiatra.

Da igual. De cualquier manera apuesto a que ni siquiera el más avanzado analista germano, de seguro alguien de carácter duro y cara barbada a la Freud, podría explicarse el porqué de mis desgracias oníricas. Yo sólo sé que no son normales (conozco a pocas personas como yo, y entre esas parecidas se encuentran mi hermano y mi madre, lo que no me da muchas esperanzas) y que me hacen entender como pocos cintas como Pesadilla en la Calle del Infierno…

…O, vuelvo al principio, "The Cell" cuya secuencia, que ahora muestro, me dejó sin dormir -o más bien soñándola- durante tres noches seguidas. Mis ojos, grandes como naranjas abultadas, no perdieron detalle de esas cortinas descorriéndose, de cada línea facial y cada toque de pintura que ese rey del horror -es casi una visión del general Kurtz en el infierno de Dante- lleva estampadas en su rostro. Su paso pausado, sus ademanes… aquel alarido que se oye a lo lejos y venido de quién sabe dónde (¿acaso lo emite alguien más que es torturado y a quien no vemos?) y que antecede a su "Where do you come from?" enfurecido, apocalíptico, de Lucifer abriendo con su trinche el pubis del cielo. Esa sóla imagen consiguió hacerme olvidar que Jennifer Lopez era una pésima actriz -aunque no tardaría en recordarlo- o que, como he dicho, en conjunto la película no funcionaba.

Aquella noche de la función (si no recuerdo mal, era un viernes lluvioso), sobra decirlo, yo sólo miré, entre sueños, telas púrpura anunciando la llegada del mal, no del mal de una persona sino del mal como un absoluto, como una fuerza demoledora e imparable y sin sentido que abre sus fauces y piernas y ventosas para tragarlo todo y luego desaparecerlo, hacerlo nada.

No había vuelto a ver esa secuencia hasta hoy.

Hasta ahora que empieza a oscurecer.

Aquí en Berlín, tierra donde el mal ha hecho más de una visita.

 

 

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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