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Columnas REVISTA

Sábado macabro

Por:

26-09-2009

La vi una tarde -estoy casi seguro que de un sábado- pero la continué viendo por trece o catorce noches más, noches en las que agolpaban en mi cabeza las secuencias iniciales: esos flashbacks de audio sobrepuestos a imágenes de cuerpos desmemebrados y sanguinolentos: gritos sujetos a al eco infinito del más terrible de los […]

La vi una tarde -estoy casi seguro que de un sábado- pero la continué viendo por trece o catorce noches más, noches en las que agolpaban en mi cabeza las secuencias iniciales: esos flashbacks de audio sobrepuestos a imágenes de cuerpos desmemebrados y sanguinolentos: gritos sujetos a al eco infinito del más terrible de los horrores. Creo que nunca he sentido con otra película un sentimiento como el que me provocó Henry: el retrato de un asesino (1986), esa poco convencional mezcla entre angustia y terror y tristeza que imagino sólo en las almas de verdugos de cuentos medievales y en las conciencias de traidores bíblicos.

Aquella fue por demás una época ocura para mí en todos los sentidos. La miré como parte de una investigación universitaria de seis meses dedicada exclusivamente a los asesinos en serie o serial killers. En este entonces desayunaba con un libro dedicado a Ted Bundy, comía observando algún documental sobre el viejo Jack el Destripador y me dormía tras contemplar los detalles de los cuadros de payasos pintados por John Wayne Gacy en alguna revista gringa dedicada a sus asesinos más prolíficos. Por allí del cuarto mes me enteré de algunos antihéroes nacionales como Goyo Cárdenas y entonces también le entré a un par de libros que versaban sobre La Poquianchis y hasta a notas de nota roja de El Alarma! que databan de los setenta, época en que un tal Gilberto Flores Alavez dedicó una merienda de machetazos a sus abuelos en una casa arbolada -y seguro que con acabados en mármol y oro- ubicada en esa colonia de familias de prosapia y chauvinismo retro que era -y es- Las Lomas.

Las cosas se fueron poniendo feas poco a poco. Padecía insomnio, dejé de sonreir y, movido por los primeros síntomas de una ligera paranoia, empecé a salir menos de casa temeroso de que alguien me siguiera. Incluso alguna vez llegué a pensar que el jardinero bigotón que podaba nuestras enredaderas bien podía ser aquel "Violador de la Pulquería" que la muchacha que venía a planchar las camisas de mi padre decía que merodeaba por su barrio, un barrio que yo evocaba saturado de calles estrechísimas y diseñadas en forma de laberinto, ideal para cualquiera que quisiera deshonrar a la fuerza a honradas trabajadoras y luego perderse entre esa noche de hocico de perro herido, esa noche más oscura que cualquier otra noche y que cubre como mantón de lana negra las colonias paracaidistas que se erigen en los bordes de los barrancos y en las llanuras erosionadas del Estado de México. El momento en que decidí ponerle punto final al tema y con ello a mi investigación, que prácticamente ya estaba terminada, fue al día siguiente de soñar vívidamente que yo mismo era un asesino en serie y que la policía me venía a buscar. Lo peor es que, tan pronto veía las torretas y escuchaba las sirenas de las patrullas, empezaba a sentir una preocupación que iba creciendo cada vez más y que no sabía a qué se debía hasta que me giraba hacia mi habitación y miraba el origen de tanta ansiedad: había todavía un cuerpo inerte sobre mi cama, un cuerpo que, a diferencia de otras ocasiones -hasta allí llegaban mis reflexiones oníricas- no había enterrado en mi jardín.

A la mañana siguiente, y con las manos todavía tamblándome, regresé todos los videos del tema que me habían prestado y, no conforme con eso, regalé mi copia de Henry a Adalberto, mi vecino heavy de al lado, quien la aceptó de buen grado -algunos años después Adalberto me confesó que le gustaba ponerla pero que en lugar de dejar el audio originado colocaba a todo volumen sus discos favoritos de death-metal noruego, confesión que agradecí, pues me di cuenta de que por fortuna había gente todavía más enferma que yo en la etapa más sórdida de mi juventud estudiantil-.

Desde entonces juré que dejaría los sábados macabros y más o menos he cumplido con eso. Hoy, años hace de tales épocas, incluso he recobrado la capacidad de aterrorizarme. Aunque todavía le doy la vuelta a la idea de una posible revisitación a Henry, hasta hoy el asesino de celuloide al que más temo.

Aquí el trailer del filme:

 

 

 

 

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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