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Columnas REVISTA

Sexo Duro en el Techo

Por:

06-03-2009

Ayer ocurrió otra vez. El movimiento, el techo que temblaba, el muelleo: eso: el uiquiiii, uiquiiii, uiquiiii desquiciado. La diferencia es que en esta ocasión, y lo sé porque mi primer impulso consistió en mirar la hora en mi celular, decidieron hacerlo a las tres y media de la madrugada. Por lo general, muy decentes, […]

Ayer ocurrió otra vez. El movimiento, el techo que temblaba, el muelleo: eso: el uiquiiii, uiquiiii, uiquiiii desquiciado. La diferencia es que en esta ocasión, y lo sé porque mi primer impulso consistió en mirar la hora en mi celular, decidieron hacerlo a las tres y media de la madrugada. Por lo general, muy decentes, ofrecen tres sesiones por semana que se sitúan en algún momento entre las diez y media y las doce de la noche. Pero esta vez habrán venido de algún reventón, ya bebidos y harto calientes, por lo que poco les importó despertarnos a mí y a medio edificio con su frenética búsqueda del Punto G.

Yo les llamo Ulrike y Lorenz por el simple hecho de que son dos de los nombres que más he escuchado desde que llegué a Berlín. Si bien, comienzo a sospechar que también se podría tratar de un Lorenz y un Karl, puesto que los únicos jadeos -eso sí, lanzados con enjundia, como si de lucha libre se tratara-, que pueden oírse son netamente masculinos y de un timbre tan oscuro que el conjunto auditivo ofrecido parece una película porno de Rocco Sigfredi doblada por algún barítono sevillano. Eso por no hablar del tempo: normalmente situado entre el Adagio y el Piú Andante, ayer de plano empezó directamente en el Andantino y en poquísimos segundos pasó al Prestissimo, donde se quedó un muy buen rato, por lo menos aquel que me tomó ir a la cocina y prepararme un té contra el insomnio. Y fue allí, mientras daba sorbitos de abuelito a mi naturista cura y Karl o Lorenz -y tal vez una Ulrike muy calladita y discreta- llegaban al orgasmo, que me vino a la cabeza aquella escena de  Delicatessen que tenía olvidada en algún sitio de la cabeza y que me parece la mejor secuencia de la cinta. 

Me pregunto si Karl, Lorenz o Ulrike (o los tres juntos y revueltos, no olvidemos lo liberales que son los alemanes), estarán al tanto de la orquesta que montan por las noches. A mí me da lo mismo. Incluso sus encuentros, sus muelleos, sus uiquiii uiquiii uiquiiii acompasados y rítmicos me han servido de arrullo más de una vez. Ayer fue la excepción y con ella la oportunidad de recordar el que fue uno de mis filmes favoritos durante mucho tiempo:

Aquí la secuencia mencionada:

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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