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CRÍTICAS Cine

Si la colonia hablara (If Beale Street Could Talk) – crítica

Calificación Cine PREMIERE: 4
Calificación usuarios: 4
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22-01-2019
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If Beale Street Could Talk es una historia de amor hasta que no lo es. O más bien es el retrato de un amor estable y duradero pese a las adversidades.

“De verdad en este país odian a los negros, los odian tanto que prefieren rentarle (un loft) a un leproso”, espeta iracundo Fonny (Stephan James, quien debería estar nominado a los Premios de la Academia) en una cruda escena de Si la colonia hablara (If Beale Street Could Talk). La más reciente cinta del director nominado al Oscar, Barry Jenkins (Luz de luna), armoniza una denuncia en dos vías. Por un lado, ejemplifica una y otra vez los maltratos y violaciones de derechos humanos que sufre la comunidad afroamericana por parte de policías blancos y racistas -especialmente tras las rejas-. Por otro, los abusos del que son objetos las mujeres, aún más cuando son latinas o negras.

Si la colonia hablara es una historia de amor hasta que no lo es. O más bien es el retrato de un amor estable y duradero pese a las adversidades y los sueños rotos, las vidas truncadas y la opresión pujante. Todas estas aristas fatales cobran vida en la adaptación de la novela homónima de James Baldwin cuyo título parte de la siguiente idea: si la calle Beale, testigo de tantas eventualidades diarias, pudiera hablar, cuántas cosas no aclararía o cuántos casos de injusticia -como es el tema de este filme- no esclarecería. Pero esta posibilidad se pierde en el hubiera.

si la colonia hablara

Por su papel como la madre de Tish, Regina King ya obtuvo el Globo de Oro y el Premio de la Crítica a Mejor actriz de reparto.

El pretexto para tal suposición es el caso de Fonny (James), quien a sus 22 años es falsamente acusado y encarcelado en un momento definitorio de su vida: cuando está a punto de convertirse en padre. A partir de las vivencias de su novia Tish (KiKi Layne) y su narración conocemos los pormenores del caso mientras la acompañamos en su Vía crucis para liberar al amor de su vida. El periplo de Fonny es enigmático gracias a una edición no lineal que permite resolver la ecuación a cuentagotas, pero una cosa queda clara: la diafanidad inicial desprendida del ambiente, los vestuarios y el manejo de la luz se degradan a la par que el espíritu del protagonista se desmotiva y quiebra. Nosotros también nos perdemos en la desesperanza y penumbra, porque su rostro es evidencia tangible del maltrato.

Las marcas paulatinas que aparecen no son del tiempo transcurrido en prisión, sino del desgaste ocasionado por el propio sistema penitenciario estadounidense, la ansiedad y el miedo asfixiante de estar encerrado a merced del gobernante carcelario: el racismo. Si bien nunca vemos la violencia de primera mano, su estela y estragos permean Si la colonia hablara. Prácticamente podemos oler el miedo a partir de las miradas angustiantes de Fonny, y los surcos acumulados en su ojeroso rostro conforme pasan los días, meses… Esos ojos son la ventana al dolor.

si la colonia hablara

En un inicio, Si la colonia hablara tiene un tono cómico que se desvanece conforme avanza la historia para dar paso a una tragedia diaria.

Si la colonia hablara está en sintonía con otros filmes de denuncia como Fruitvale Station o Detroit: zona de conflicto, pero es menos cruda en su recuento de la brutalidad, la tropelía. La violencia no nos abofetea en la cara ni los cuerpos de los personajes, al menos no a cuadro; no obstante, sabemos que está ahí, acechando a almas inocentes cuyo único “delito” fue nacer con un color de piel que, según algunos, es erróneo. Por ello, Jenkins y Baldwin retoman el pensamiento de Malcolm para deletrearlo con claridad: “El hombre blanco debe ser el diablo porque no es hombre”. Si bien a la cinta le faltan algunos matices -y tal vez se alarga en ciertos lapsos-, pues su tesis se sustenta en una generalización igualmente dañina: la del policía blanco como persecutor -cuando no todos lo son- también se comprende el enojo y la incomprensión acumuladas tras siglos de atropellos. Esta historia ambientada en el Harlem de los años 70 es alarmantemente actual e incluso pudo repetirse mientras se leían estas líneas.

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Jenkins enfatiza el amor que se tienen los protagonistas a partir de sus miradas, capturadas por medio de close-ups y enlazadas a través del campo-contracampo.

Si te interesó esta nota, Cine PREMIERE te recomienda ver:
  • Detroit (Kathryn Bigelow, 2017)
  • Luz de luna (Barry Jenkins, 2016)
  • Fruitvale Station (Ryan Coogler, 2013)

No soy la Madre de los Dragones, pero sí de @Enlabutaca; desde ahí y en Cine PREMIERE estoy en contacto con las buenas historias. Melómana, seriéfila, cinéfila, profesora universitaria, y amante de las bellas artes. Algún día escribiré una novela de ciencia ficción. ¡Unagui!

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