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REVISTA Columnas

Terrestres

Por:

28-01-2010

Como casi todos los seres humanos -aunque la mayoría prefiera evitar el tema-, no estoy conforme con el mundo en el que vivo. Con cada año que pasa aborrezco cada vez más de mi especie y con ello, claro está, una parte importante de lo que soy. Quisiera, de hecho, y hablo como individuo, ser […]

Como casi todos los seres humanos -aunque la mayoría prefiera evitar el tema-, no estoy conforme con el mundo en el que vivo. Con cada año que pasa aborrezco cada vez más de mi especie y con ello, claro está, una parte importante de lo que soy. Quisiera, de hecho, y hablo como individuo, ser más, alguien dotado de una mente brillante, un corazón revolucionario y una verborrea convincente hasta el hartazgo, pero lo cierto es que sólo poseo un manojo de sesos que cada fin de semana se embrutecen con cerveza y ginebra, un corazón de pollo y una escritura que tengo que revisar varias veces antes de ser enviada a cualquiera que sea el maldito lugar al que se envíe.

Por demás, no creo en los políticos ni en los gobiernos, cualquiera que sea la ideología que los sustenta. El poder me aterra tanto, o me parece un concepto tan perverso, que me veo forzado a conceder la posibilidad de convertirme yo mismo en otra persona, una totalmente distinta a la que hasta ahora soy, en el caso -tan imaginario como imposible- de verme dotado de omnipotencia y capacidad de decidir sobre los otros.

No creo -y eso, creo, me salva- más que en un puñado de personas. De personas. DE PERSONAS. A algunas las conozco. A otras las miré sin mirarlas levantando con un hombro un castillo de cemento para sacudirle la muerte a una niña en Haití, o apiadándose de la viejita que sufrió un asalto en el D.F. o dando lo mejor de sí en cualquier oficina de migraciones de cualquier ciudad del primer mundo. Todos ellos hacen que mi misantropía a veces se me atore en el cuello y no pueda ser pasada ni con litros de agua.

Para mi fortuna, y pese a la postura ambigua y contradictoria que guardo en lo que respecta a la raza humana, creo en otras cosas. La mitad de ellas me las guardaré para otra ocasión pero a cambio citaré algunas de las que me arrancan sonrisas, que me provocan cosquilleos debajo de las costillas izquierdas – lugar donde siempre he pensado que se hallan el alma y los recuerdos-, que hacen que esta macabra broma que a veces es la vida valga la pena: la nieve posándose sobre las ramas de los árboles, el caminar de los pingüinos, el mugir de las vacas, el avistamiento de conejos follando, el olor de la tierra empapada, una lámina de luz del sol desdibujándose en el lomo de un perro, el graznar tétrico de los cuervos, el tejer incansable de la araña en su casa de simetría…

Hay muchas más pero estoy triste y furioso a la vez y ello me pone muy mal, como si sufriera una ininterrumpida epilepsia emocional. Me quedan sin embargo las ganas de decir que, si bien no puedo luchar en todos los frentes (porque es imposible, o simplemente debido a mis grandes limitaciones), sí que hay algunos de los que, como tú que me lees, como cualquiera, soy capaz de apropiarme a nivel individual, de hacer míos. Y así, desde esta suerte de trinchera, mínima, casi imperceptible, pero también existente medito en que, pese a todo, y aunque los terrícolas humanos apestemos a mal y a traición y a conciencia agusanada, no todo está perdido.

O yo, al menos, ya me cansé de rendirme siempre.

Aquí el trailer del documental que me llevó a tanto onanismo mental. Los reto a que lo vean:

 

Carlos Jesús (aka Chuy) es escritor y periodista freelance. Desde 2006 radica en Berlín, desde donde colabora para distintos medios. Sus pasiones son su familia, la cerveza, escribir relatos y el cine de los setenta.

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