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Por: Staff Cine PREMIERE

18 / 08 / 2016
terror cuentos de terror

La muerte de Bruce Lee

Las fantasías de asesinato del gigante de las artes marciales.

El siguiente texto fue publicado en la edición de julio 2016 de Cine PREMIERE en su versión impresa.

El gigante de las artes marciales falleció en medio de un fuerte dolor y mucha especulación. ¿Fue asesinado por la mafia china? ¿Por su amante? ¿Por su amante chantajeada por la mafia china? Hoy nos atrevemos a conspirar sobre la muerte de aquél que venciera a múltiples adversarios en la pantalla. Hoy queremos pensar mal.

Podemos empezar así:

El dolor le punzó la cabeza como lanza iracunda a eso de las 7:15 de la tarde del 20 de julio de 1973. Claro, no tenemos cómo saber eso, pero podemos suponerlo, puesto que a las 7:25 Bruce Lee se llevó las manos a las sienes y, con las cejas hongkonesas más hongkonesas que nunca, anunció que la jaqueca ya no le dejaba pensar normalmente. Eso sí que lo sabemos con certeza. Betty Ting Pei, la actriz china en cuya casa Bruce hacía una lectura de guion de su siguiente película, lo dejó bien claro en la declaración: lo llevó a una habitación vacía (acaso con algún espejo difuminado en el anochecer naciente) y le dio una pastilla de Equagesic, un analgésico que a ella le había recetado su doctor.

“Es inofensivo”, le aseguró ella (juró en su declaración que estaba cierta de que la medicina no mataba otra cosa que al dolor, al dolor sin ninguna arista poética). Él debe haber mirado la pastilla con ese reojo mortal que le lanzaba a sus enemigos en las películas antes de tomársela, antes de recostarse con esa lentitud y exagerado histrionismo de los años 70, antes de caer lenta y artificialmente sobre la cama: antes de dormir. Lo lógico es pensar que él desconocía que, como se suele decir en estos casos, jamás volvería a despertar.

Si le creemos a la versión de Betty Ting Pei (¿habría razón alguna para no hacerlo?), ella se retiró a la sala, cerró la puerta del cuarto despacio, lo dejó dormir y siguió revisando el guion. Sin embargo, podríamos especular: decir que Betty no cerró ninguna puerta, sino que descansaba desnuda en la misma cama donde estaba el cuerpo calmo de esa intempestiva bestia de las artes marciales que siempre fue Bruce. Imaginémosla levantándose y caminando a la ventana hasta reflejarse en la noche joven de Kowloon. Desde ahí, podríamos pensarla con los ojos perdidos entre tantas lucecitas, inmersos en algo semejante a la ilusión (diciéndose esto: “¡Bruce me ama! ¡Por fin va a abandonar a Linda! ¡Me ama!”). Este rumbo, ya lo sabemos, nos llevará a un final triste, pero no inverosímil. Esos ojitos rasgados, flotando sobre las pinceladas tintineantes, explicarían perfectamente lo que de hecho pasó doce años después: Betty abandonó su carrera con más de 30 películas y se volvió monja budista en 1985. ¿Nos atreveremos a decir en la historia que ahora bocetamos que, tras esa noche, la joven nunca pudo superar haber matado a su único amor? ¿Será la muerte de Bruce Lee en realidad la metáfora de la muerte de ese amor (jamás corroborado) que estos dos jóvenes actores se profesaron en silencio, en un mundo que por entonces todavía veía a los orientales como algo exótico? 

Quizá sería mejor desechar esta versión, puesto que no queremos forzar una historia cursi, sino contar la muerte de Bruce Lee, desentrañar sus razones. Así que pongamos a Betty en otro rumbo, mucho más oscuro: desnuda, camina hasta la ventana y la noche de Kowloon. De sus ojos no salen chispitas danzarinas, sino un par de lágrimas gelatinosas. Enciende un cigarro para entretener el tiempo que pasará mientras sucede lo inevitable. Podemos hacerla pensar esto: “Bruce está muerto. Les diré que está muerto y entonces no les deberé nada”. Da una calada rencorosa a su cigarro, y la tenue lucecita anaranjada es como una farola que la refleja de súbito en la ventana, como un fantasma sobre Hong Kong. Podemos incluso aprovechar para hablar de la mafia que posiblemente la chantajeó (¿por cuenta de qué? ¿Amenazándola con privarla de otro amor, verdadero y único?). Quizá, una noche de 1972 pasó más o menos así: Betty camina apurada en un callejón apenas iluminado por una farola anaranjada. Dos hombres la esperan; bajo el cuello de la camisa de uno alcanza a verse el tatuaje colorido que lo delata como miembro de la Tríada China. En este, nuestro malpensar, haremos que estos hombres tengan los modos de la mafia: sin saludarla, sin apenas reconocerla como presencia, le explicarán el plan: “Tienes un año para asesinarlo”, le dirán antes de desaparecer entre los voraces edificios hongkoneses que, en esta versión, son más hongkoneses que nunca. Betty caminará hacia el otro lado, veloz, expedita, con la cara hecha un espejo nutriéndose de los charcos de lodo que hacinan el suelo. 

Mientras se desliza por las callejuelas podemos imaginarnos a Betty pensativa, aventurando algunas hipótesis sobre los motivos que podría tener la gran Tríada China para acabar con un actor chinoamericano. ¿No tendrán algo más importante que hacer? ¿O es que Bruce de verdad ha hecho algo tan grave? Sólo entonces Betty recordará lo que sabe de él, de ese muchachito vestido como Buddy Holly que a finales de los años 50 bailaba chachachá en anuncios, con rostro de chino ejemplar: los ojos apenas líneas, la sonrisa un blanco arrozal extendido más allá del rostro. Serpenteando veloz entre los interminables edificios, Betty verá en las sombras algunas de las memorables hazañas de Bruce en la pantalla. Haremos que recuerde, por ejemplo, esa escena en El gran jefe, donde, con su voz mal doblada y sus brazos semejando bolsas de víboras encendidas, vence a un ejército de luchadores expertos y, con apenas fuerza perceptible, hace que uno de ellos atraviese una pared.  Haremos que la actriz también rememore la batalla de Fist of Fury, en la que Bruce carga de la cabeza a dos de sus contrincantes y los usa como armas contra los otros. O ese combate uno a uno, al final de El gran jefe, en el que repele el ataque de un cuchillo aéreo con una patada precisa que lo arroja directo al pecho de su oponente, quien cae muerto al instante. “Sí”, admitirá Betty, “Bruce Lee es un poco ridículo”. Creerá hallar en ese instante, deslumbrante, el motivo de la Tríada: la imagen irrisoria de Lee está mermando el respeto y el miedo que la mafia china refleja en sus negocios. Betty pensará en el Bruce que, al final de Operación dragón, cuelga a Mr. Hun de una lanza que pende de un salón de espejos, tras romperlos todos, haciendo que las cosas devengan en extraños desfiguros, circos de formas, apenas ensoñaciones ruidosas.

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Tiempo después, fumando frente a la ventana, Betty observará a Bruce, antes de completar su misión: bajo la noche gris, tumbado en la cama en la que aún respira, agitado, más que un hombre parece una pila de extremidades. Betty pensará esto: “Parece mentira que este hombre venció a Wong Jack Man”. Especulará: “Claro, seguro Wong fue el primer enviado de la Tríada para eliminar a Bruce Lee”. Ella no estuvo allí, pero la pelea privada se hizo un famoso hervidero de chismes, cuya versión final podemos incluir en esta historia de manera breve: Wong Jack Man retó a Lee a un duelo tras escucharle decir en una muestra pública de kung-fu en 1964 que no tenía oponente digno en San Francisco. ¿Quizá Wong aprovecharía la oportunidad para completar el trabajo que la mafia le comisionó (quién sabe con qué chantaje)?: “Enseñar artes marciales chinas a los caucásicos es un deshonor absoluto para la tradición”, le dijo al actor en la cara. La pelea duró tres minutos y Bruce tuvo una victoria nítida. Wong, inclusive, empezó a huir a la mitad del combate, haciendo de sí mismo un ridículo imperdonable, desapareciendo hasta su muerte –cuarenta años después– de la vista pública. Fue tal la humillación que quizá la Tríada la consideró castigo suficiente para la ineficacia de Wong. 

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Acaso también dejaremos de hablar de Betty y nos enfocaremos, ya hacia el final de esta teoría, en el verdadero efecto de la pastilla que le dio a Bruce. Habrá que hacerlo con otra de nuestras fantasías. Digamos que la medicina era en realidad un alucinógeno potente que llevó a Bruce a un sueño vívido: de pronto, se descubrió a sí mismo parado en el salón de espejos donde pelea en Operación dragón; todos los contrincantes que venció de manera inverosímil en sus películas fueron a enfrentarlo. En este sueño, sin embargo, la fantasía no es ventaja, sino factura: en vez de atravesar la pared, el hombre de El gran jefe le raspa la cara contra el muro; el cuchillo volador lo persigue; los hombres de Fist of Fury le escalan los brazos a mordidas. 

Podemos aventurar una arista poética: las artes marciales que le dieron fama también le dieron muerte; la Tríada venció. Podemos jugar con esto: no es coincidencia que la escena de los espejos contra Mr. Hun se haya estrenado sólo seis días después de la muerte de Bruce. No es coincidencia que la razón física de su muerte haya sido un edema cerebral. Murió porque su cabeza hinchada no soportó ver a la imagen mental que Bruce tenía de sí mismo colgada de una lanza que pende del espejo. Ése que reflejaba desde cada ángulo que Bruce sí era, después de todo, un imperdonable ridículo. Betty observará la ventana: ésta ya no refleja nada más que la idea de volverse monja budista cuando todo termine.

O podemos sencillamente creer la versión de la actriz china, verla salir del cuarto en silencio, Bruce muriendo por una extraña reacción a un analgésico y escribir aquí el diagnóstico con el que los médicos despidieron a Bruce Lee: “Death by misadventure”.

Autor

Staff Cine PREMIERE

Este texto fue ideado, creado y desarrollado al mismo tiempo por un equipo de expertos trabajando en armonía. Todos juntos. Una letra cada uno.

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