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Cannes 2018: Las sorpresas del cine asiático y el hiperrealismo

Por:

20-05-2018
Cannes

La 71 edición del Festival de Cannes ganó sus batallas. Sorprendieron los trabajos asiáticos en competencia como Burning, Shoplifters y Asako I & II, así como el hiperrealismo social de obras como En Guerra, Three Faces y BlacKkKlansman.

A unas horas de que el 71 Festival Internacional de Cine de Cannes bajara el telón, en los pasillos y salones del Palacio de Festivales corría la sensación de que se habían ganado casi todas las batallas. La ausencia de ciertos cineastas de alto octanaje o rostros conocidos, así como la guerra contra Netflix y los nuevos mercados de distribución amenazaban con nublar el panorama del que es el encuentro mas reputado e influyente para el cine de autor internacional. Pero buena parte de las nubes se disipó en el viento de la Costa Azul.

Una edición satisfactoria de Cannes es casi una ecuación: tres o cuatro Palmas de Oro potenciales, diez o quince títulos diversos, heterogéneos, pero todos de alto nivel y no más de cuatro o cinco decepciones. El saldo actual de la competencia de este año cumple, para mí, con esos números. Entre obras mayores, quizá maestras, –como Cold War, de Pawel Pawlikowski; Burning de Lee Chang-dong; BlackKklansman de Spike Lee; o Asako I & II de Ryusuke Hamaguchi– se intercalaron películas destinadas a hacer ruido entre públicos distintos, como la opera-punk Leto, la delicada y tragicómica Shoplifters o The Image Book, que es un Godard mas godardiano de lo que los godardistas esperaban. Cannes dejó la conversación abierta para un público más amplio y global que aquel que sigue la marcha de los festivales, y eso, si me preguntan a mí, es un acierto que no todas las ediciones pueden presumir.

Cannes

Leto, de Kirill Serebrennikov, se sumerge en la escena del rock del Leningrado de los 80.

Entre las tendencias que puedan notarse en un flujo tan variado como el descrito arriba, hubieron dos que me parecen notables por la calidad que presentan y lo que revelan sobre las preocupaciones compartidas por cineastas con mirada y alcance global. El primero es el cine asiático presentado en competencia. Los largometrajes mas recientes de Lee Chang-dong (Burning), Ryusuke Hamaguchi (Asako I & II) e Hirokazu Koreeda (Shoplifters), así como la aplaudida Long Day’s Journey Into Night, de Bi Gan –sin relación con la obra teatral homónima de Eugene O’Neill– y el thriller coreano de espionaje estrenado fuera de competencia, The Spy Gone North, de Yoon Jong-bin, dieron cuenta de una región cinematográfica que ya suma casi dos décadas de efervescencia creativa y de mercados, industrias y audiencias bien consolidadas en un rango impresionante, desde el cine de autor de búsquedas individuales, hasta el cine de géneros populares, como dio cuenta la cinta de Jong Bin. A ninguna de estas caras del prisma que es el cine asiático le falta infraestructura, dinero ni audiencias fieles en sus territorios, pero lo que tiene mayor mérito es que las películas exhibidas sean cine de altos vuelos, que trasciende su idiosincracia regional. Son gran cine, a secas.

De entre ellas me quedo con Burning como una cinta que ya marcó con fuego mi año cinéfilo, aunque no se haya llevado premio. Quizá ayude el alivio natural de que una de mis películas más anticipadas en el programa de Cannes –mi afición y cariño por la filmografía de Chang Dong está en los límites del groupie–, no solo haya salvado la decepción, sino que haya rebasado mis esperanzas tomando un rumbo que nunca vi venir. No creo estar tan solo en el entusiasmo: a tres días de su proyección, Burning, un relato fantasmal y elíptico de pérdida y deseo en la Corea contemporánea, tenía ya una de las calificaciones mas altas propinadas jamás por la exigente Screen International.

Cannes

Burning es la adaptación fílmica del cuento de Haruki Murakami, Barn Burning.

La otra tendencia meritoria en el programa del festival, a mis ojos y entender, fue la del hiperrealismo social que, ya sea en los cines de economías emergentes o en industrias tan consolidadas como la francesa o la americana, muestra una madurez narrativa que tiene poco que ver con el miserabilismo emocional, bienpensante y vacuo de quien se da el lujo de pagarle a pobres auténticos para hacer una película de festival. Fuera de esa escuela sentimentaloide, que constituye la peor aplicación de las estéticas neorrealistas, en Cannes se han visto películas extraordinarias con propuestas sinceras, sensatas y estimulantes para entender nuestros entornos: En Guerra, de Stephane Brize; Trois Visages (Tres rostros), de Jafar Panahi, Ayka, del desconocido (para mí) Sergei Dvortsevoy, e incluso la explosiva, divertidísima BlacKkKlansMan, de Spike Lee, son trabajos de artistas con curiosidad nata y posturas éticas frente a realidades tan agrias como la globalización laboral, el suicidio adolescente, el subempleo de trabajadores migrantes o el racismo policiaco.

Aunque hace más de una semana pronosticábamos en este espacio que Cold War, de Pawel Pawlikowski, se encaminaba con paso firme al palmarés del festival –finalmente recibió el premio a Mejor dirección–, no hay mejor noticia que constatar que hubo mucha competencia a la altura. Cannes ganó sus batallas.

Cannes

BlacKkKlansman, de Spike Lee, recibió el Grand Prize.

Periodista, cinéfilo y lector compulsivo, conductor en Mi cine tu cine (Once TV), locutor, jazzero y tragón. Miembro de la Semaine de la Critique de Cannes en 2014 y del Berlinale Talents Press. Estando antes en París, pasaba más tiempo dentro del cine que afuera, así que volví a la Ciudad de México en donde el cine es más barato y, digan lo que digan, se come mejor.

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