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El grito: La revolución en 16mm

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02-10-2018
El grito

Recordamos a los cineastas del movimiento del 68 que hace 50 años lucharon no con disparos, sino con imágenes. El grito sigue vivo.

El 2 de octubre de 1968, miles de rostros llenos de esperanza escuchaban a sus compañeros de lucha en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Aquellos gritos universitarios de júbilo, consignas en contra del gobierno y exigencias de libertad, de pronto, fueron acalladas por unas bengalas en el cielo. Luego sucedió lo que ya conocemos y recordamos con dolor. Cientos de miles de balas salieron disparadas en todas direcciones abriendo una herida incurable en la historia de México.

“El ejército utilizó sus armas para reprimir a los estudiantes, pero ellos también usaron las suyas para defenderse”, escribió el periodista José Antonio Ruiz Ochoa en la revista Pretextos en 1988. “Pero éstas, sin embargo, no disparaban balas, sino luces, sombras y sonidos cargados de razón política y de brío juvenil”.

El grito de libertad

En 1968, el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) apenas tenía un lustro de vida y una planilla de alumnos y docentes de no más de 50 miembros. Sin embargo, su espíritu de lucha era igual de grande que el de todos los que formaban el Consejo Nacional de Huelga (CNH), colectivo que reunía a casi todas las universidades del país para exigir justicia y libertad al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.

En medio de un movimiento en ebullición que se acercaba peligrosamente a la inauguración de los XIX Juegos Olímpicos, el CUEC se unió a la lucha con cámaras obsoletas de 16mm, rollos de película virgen y la solidaridad de su comunidad. La institución fue “una gota de agua en el océano del fervor estudiantil”, afirmó Jorge Ayala Blanco en La búsqueda del cine mexicano.

El grito

Al mismo tiempo que el cineasta mexicano Alberto Isaac contaba con la mejor tecnología y el total  apoyo gubernamental para rodar Olimpiada en México –documental posteriormente nominado al Oscar–, estos jóvenes directores –como Leobardo López Aretche, Alfredo Joskowicz, Francisco Bojórquez, José Rovirosa, Juan Mora, Marcela Fernández Violante y Federico Weingartshofer, entre otros alumnos– se atrevieron a filmar desde la clandestinidad y bajo amenaza.

“Llevar una cámara a las manifestaciones era grave”, le dijo Joskowicz a Perla Ciuk en el Diccionario de directores del cine mexicano. “El estudiantado te confundía con la prensa y los policías con universitarios. Era más peligroso que traer un fusil”.

Mientras las universidades eran tomadas por el ejército –Marcela Fernández escondió una cámara en la cajuela de su coche para filmar a C.U. sitiada–, el CUEC pudo librarse un buen tiempo de la tiranía. Su ubicación en la Colonia del Valle era casi desconocida por las autoridades, aunque eso no la eximió de amenazas y rumores constantes de saqueos.

El grito

“El 80% de los alumnos del CUEC, por alguna razón, estuvimos en la cárcel”, le dijo Weingartshofer a El Universal en 2001. “Cuando [lo que filmamos] estuvo revelado, Leobardo y yo nos lo dividimos. Tenía guardados unos 5 mil pies de negativos envueltos en plástico y bien amarrados en el tinaco de la casa de mis padres para que no fueran encontrados. Tuvimos cateos y persecuciones”.

El colectivo del CUEC logró filmar ocho horas del movimiento que, aunque suena poco para un suceso que duró tres meses (de julio a octubre de 1968), el material recabado fue suficiente para construir lo que sigue siendo el documento fílmico más importante sobre 1968: El grito.

El grito

Inmortalizar la historia

Aquel documental –primera producción realizada por el CUEC– nos hace parte de los sucesos más trascendentales del movimiento estudiantil. En poco menos de dos horas, el filme –que ha sido restaurado por la UNAM para conmemorar medio siglo de lo ocurrido en Tlatelolco– combina lo filmado con fotografías y una cronología en voz en off escrita por la periodista italiana Oriana Fallaci.

Leobardo López Aretche fue el responsable de comandar este proyecto. Debido a su cercanía con el movimiento –fue apresado un par de meses luego de ser detenido en Tlatelolco el 2 de octubre–, el joven cineasta puso todo su empeño en editar a lo largo de un año, y de forma clandestina en el CUEC, el documento fílmico que inmortalizaría un pedazo muy importante de nuestra historia.

El grito

Varios años después, el 23 de junio de 1976, la Cineteca Nacional se convirtió en el primer lugar que proyectó de forma oficial El grito. Esto no hubiera sido posible sin la astucia de Leobardo, quien, temeroso de una incautación militar, envió a Cuba en secreto el internegativo de la cinta. El cineasta, desafortunadamente, no pudo ver estrenado su primer y único largometraje, ya que se quitó la vida seis años antes por razones todavía desconocidas.

A pesar de ello, su trabajo ha trascendido en la historia. “El grito es el testimonio fílmico más completo y coherente que existe del movimiento”, dijo Ayala Blanco en su citado libro, “visto desde adentro y contrario a las calumnias divulgadas por los medios masivos: es el movimiento, tal como lo sintieron y vivieron sus propios militantes”. El corazón de 1968 fue capturado en 16mm y, gracias a eso, sigue latiendo más que nunca.

Apasionado de ver, escribir, leer, investigar y hablar sobre cine en todas sus formas. Soy fan de Star Wars, me sé de memoria todos los capítulos de Friends y si me preguntan de cine mexicano, no hay quien me calle. Editor en Cine PREMIERE.

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