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CRÍTICAS Cine

La forma del agua (The Shape of Water) – Crítica

Calificación Cine PREMIERE: 4.5
Calificación usuarios: 4
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12-01-2018
la forma del agua critica

La forma del agua es la película más madura de un verdadero rebelde.

  • Título original: The Shape of Water
  • Año: 2017
  • Director: Guillermo del Toro (El laberinto del Fauno)
  • Actores: Sally Hawkins, Michael Shannon, Octavia Spencer
  • Fecha de estreno: 8 de diciembre 2017 (EUA)

A estas alturas, es seguro afirmar que la filmografía del realizador mexicano Guillermo del Toro (incluyendo a su película más reciente, La forma del agua) está hecha desde un mismo lugar, uno de inocencia y, por tanto, de rebeldía: el apasionado que se rehúsa a traicionar ni a salirse de las sensibilidades que lo acompañaron desde niño, de monstruos y santos, de historietas, de sincretismos, de otredades, de fantasías que extienden y hasta soportan la realidad, y que entonces son usadas como los números imaginarios en la matemática, para llegar a resultados que expanden nuestra comprensión.

En sus puntos más altos –El laberinto del Fauno, El espinazo del diablo–, esa pasión lo ha convertido en una suerte de alquimista fílmico: un cuentacuentos del cual prácticamente brotan sin pedir disculpas una amalgama de referencias, arquetipos cristianos, criaturas, realidades ásperas extendidas (y hasta calificadas) por fantasías que corren en paralelo. Es como si la sensibilidad de Del Toro lo hiciera en automático: una suerte de poeta que no tiene la necesidad de “fabricar” nada, sino que simplemente absorbe, filtra con su universo interior y suelta. La forma del agua –su cuento de hadas sobre una princesa muda, una criatura y un Estados Unidos actual, aunque oficialmente ubicado en 1962– pertenece también a esta cima. Es Del Toro en su máxima expresión, aquel que ya no sólo te dice cuánto ama a sus monstruos y a los inadaptados, sino que te permite verlos –verlo, en este caso–, finalmente, como él lo hace.

Ubicada en el EE.UU. de los 60, La forma del agua mezcla el thriller de una película de espías con una reimaginación de lo que El monstruo de la laguna negra (1954), según Del Toro, debió ser (sí, una suerte de fan fiction deltoreana). Aquí, el monstruo acuático, cautivo en un laboratorio gubernamental  (interpretado por el frecuente colaborador de Del Toro, Doug Jones), sí merece robarse el corazón de su “bella” –Elisa, una empleada de limpieza interpretada por la exquisita Sally Hawkins–. La conexión entre ambos ocurre con todo y escamas, garras y colmillos, que el monstruo usará más de una vez para establecer que sigue siendo una criatura salvaje y mortífera.

Los movimientos de Doug Jones, al mismo tiempo animalescos y gallardos, le dan a la criatura el aura de dios pagano necesaria para enfrentarlo a la supuesta decencia cristiana de la sociedad moderna (llevada hasta la sociopatía por Michael Shannon, el villano de la historia). Sin dejar de ser una criatura, es a nuestros ojos capaz de dar y recibir amor, al mismo tiempo que encarna hasta con divinidad, la nobleza, la humildad y la decencia que en las historias de Del Toro suelen ser el opuesto a la maldad. La trama misma es a tiempos una exploración de lo que es “decente”, y es ahí en donde se convierte en un comentario político: aquí, la relación del monstruo con Elisa es lo real, mientras que la verdadera fantasía es la imagen del americano perfecto, el militar de Michael Shannon, blanco, heterosexual, religioso. El ideal al que buena parte de EE.UU. quiere regresar, no es más que una sociopatía. Los personajes de Zelda (Octavia Spencer) –amiga afroamericana de Elisa– y de Giles (Richard Jenkins) –amigo homosexual de Elisa–, ambos carismáticos y en completo control de sus propios minidramas, refuerzan la idea de que la bondad y la resistencia se encuentran en la periferia.

Parecería que no, pero La forma del agua es un cúmulo de temeridades. Por sus eventualidades un poco derivativas y ya vistas (el villano caricaturesco que desea capturar a una criatura inocente; un humano enamorándose y adentrándose en un laboratorio para salvar a su amor pez –¿alguien recuerda a Tom Hanks en Splash?–), quizá no es del todo evidente el riesgo que esconde, sobre todo porque se trata de una valentía acumulativa. El director mexicano lleva años subvirtiendo la imagen típica de lo monstruoso (Hellboy, viene a la mente inmediatamente) y hablándonos de personas –generalmente pequeñas– que decodifican la realidad de forma distinta, ya que pueden ver una dimensión que es invisible para el resto (universos que, tal y como sucede en los cuentos de hadas, nunca son cuestionados por la trama). Aquí es Elisa, una mujer adulta y que no cumple ni con la edad ni con la imagen de la princesa o el interés amoroso típico (pero igual de incompleta para su mundo, como lo es un niño), la que toma el lugar de quien es capaz de sintonizarse a un canal distinto al resto. Sólo que esta vez, ese “cuento” inaccesible para quienes la rodean es, ni más ni menos, que la capacidad de amar y aceptar al otro, a lo extraño. La forma en que Sally Hawkins puede encarnar esto sin decir una palabra –en homenaje al cine silente–, y con la emoción en la pura mirada no es nada menos que brillante.

Sobre todo,  La forma del agua se atreve a llevar la relación entre dos seres de diferentes especies a un lugar bastante lejos, mediante la sexualidad. Es la suma de una mirada particular –la subversión del monstruo, el desafío a estereotipos de géneros, la sexualidad que rompe barreras, la maestría para el detalle y la puesta en escena– pero esta vez se expone a la prueba de fuego porque se atreve a contar el cuento más antiguo del mundo (el amor y la aceptación) y logra que –a estas alturas de la historia, del cine, del siglo, del cinismo– se perciba como un secreto nuevo y tan incuestionable como lo es el mundo interno de cada quien. Pone de relieve que en la obra de Del Toro no hay indulgencia, sino, más bien, una rebeldía bien colocada: la verdadera rebelión se enfoca no en desafiar lo que te es molesto o contrario, sino en la lucha por compartir exitosamente a otros lo que tú ves. Hacerle, poco a poco e insistentemente, un cachito en la realidad a tu visión del mundo. La forma del agua es la película más madura de Del Toro, no porque hable de temas “serios”, sino porque con ella demuestra que se ha creado él mismo un cachito en el cine a sus anchas, donde puede cohabitar con sus ideales y desde donde puede compartirlos. Quizá madurar no necesariamente sea desligarse de nuestros primeros latidos, sino encontrarles un lugar generoso en la realidad. 

Y “la forma” en que De Toro comparte su mirada es el triunfo de la película. Aquí, la forma no es el accesorio de la historia, ES la historia. El diseño de producción, el vestuario, la calculadísima paleta de colores (verdes y azules para todo lo que tiene que ver con Elisa), el movimiento de la cámara que simula al agua, el formato que hace homenajes al cine silente, los props oportunos, todo permite entrar a un imaginario. Todo lo que está a cuadro lleva la visión del Del Toro a la paradoja gloriosa del mejor cine fantástico: se necesita de una complejísima coreografía de elementos elaborados por los expertos en cada arte para convencernos de la existencia de un mundo irónicamente más descomplicado y, por ende, más verdadero. Uno en el que un hombre-pez puede estar con la mujer que lo ama. Simplemente porque los dos se conectan.

Si te interesó esta nota, Cine PREMIERE te recomienda ver:
  • El monstruo de la laguna negra (Dir. Jack Arnold, 1954)
  • El laberinto del Fauno (Dir. Guillermo del Toro, 2006)
  • El espinazo del diablo (Dir. Guillermo del Toro, 2007)
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Periodista, editora en Cine PREMIERE y bailarina frustrada en sus ratos libres. Gustosa del cine, la literatura, el tango, los datos inútiles y de la oportunidad de desvelarse haciendo lo que sea.

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