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CRÍTICAS Cine

Restos de viento – Crítica

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29-03-2019

Ganadora en festivales como Guadalajara, Guanajuato o Chicago, Restos de viento es un cuento agridulce sobre la muerte y el crecimiento que tiene el acierto de convertir a sus protagonistas en héroes minúsculos de una batalla íntima.

Título original: Restos de viento
Año: 2017
Directora: Jimena Montemayor
Actores: Dolores Fonzi, Paulina Gil, Diego Aguilar
Fecha de estreno:29 de March de 2019 (MX)

En cuanto entramos por primera vez a la casa que habitan Carmen (Dolores Fonzi) y sus hijos pequeños, Ana (Paulina Gil) y Daniel (Diego Aguilar) en Restos de viento, sabemos que algo está mal por su evidente empeño por vivir como si no pasara nada. Van a la escuela o hacen novillos para quedarse en cama; lavan platos o discuten para no hacerlo; en el desayuno, tienen riñas que son las habituales de una madre de semblante fatigado, y dos niños que se acercan a la pubertad. Sin embargo, en la mesa están puestos cuatro platos, incluyendo uno para el padre que tendría que regresar en algún momento de ese lugar del que nadie quiere hablar. Pero el día termina, los hijos se van a la cama y Carmen se queda en la cocina, pasmada. Es lo más cercano que tienen a una rutina.

Restos de viento, segundo largometraje de la también guionista y fotógrafa egresada del CCC, Jimena Montemayor, nació de un proceso de duelo interno después de que la cineasta enfrentara, en el periodo de un año, tres pérdidas cercanas. Más allá de la anécdota, este antecedente es útil para explicar la ruta radicalmente diferente que sigue Montemayor después de su primera película, En la sangre (disponible en FilmIn Latino), la voluptuosa historia de un menàge-a-trois de espíritu afrancesado.

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El mundo que habitamos en Restos de viento es, en realidad, el de dos territorios que se ven obligados a convivir: uno, el de la madre, en donde el erotismo está retraído por el dolor, la negación y por un silencio que lo ha invadido todo; el otro, el de los niños, es el de una mirada infantil en donde la imaginación y los juegos son los únicos mecanismos posibles para procesar la ausencia paterna.

Durante la primera mitad, el guion escrito por la propia directora no es preciso ni hábil al momento de hacer convivir estas dos temperaturas: por momentos, parece que Fonzi y los niños habitan dos películas diferentes, sobre todo cuando están a solas. Es a partir de una secuencia elegante, contundente y liberadora, musicalizada por una versión lenta y crepuscular de la «Canción de las simples cosas«, en que la película toma brío y nos deja entrar de lleno a la piel de sus personajes. Todo lo que parecía habernos preparado para un drama tibio se convierte en algo más original y duradero.

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El mérito es de Montemayor tanto como de Fonzi, quien al haber filmado en orden cronológico y en sólo tres semanas sus escenas, desenvuelve un personaje matizado, lleno de claroscuros, al que es imposible juzgar bajo una sola luz; como un prisma que gira bajo la luz, el personaje de Carmen nos confronta con estímulos que van desde la empatía hasta el rechazo, la seducción, la compasión o el misterio. Lo mismo puede decirse de Paulina Gil y Diego Aguilar, quienes sin experiencia previa en cine (él, sin experiencia en absoluto), logran una y otra vez darle a Fonzi réplicas emocionales de gran nivel. Por supuesto, esto es siempre un mérito compartido por la editora (Ana Laura Castro) y el director de casting (Luis Rosales) quien es la persona ideal para tal tarea, pues formó también los elencos jóvenes para Roma y Las elegidas.

La mirada infantil suele ser un ángulo rico para acercarse a la muerte como experiencia formativa. Un monstruo viene a verme (2016), El espíritu de la colmena (1973) o Verano 1993 (2017) son compañeras de Restos de viento en este grupo. La película de Montemayor es la de una cineasta que va buscando una voz propia, y esta segunda película, imperfecta como parece, regala también pedazos de sinceridad, verdad e inocencia que dan cuenta de una directora segura de su oficio, con ganas de aprender y ajena a los vicios y reumatismos de la presunción artística.

Si te interesó esta nota, Cine PREMIERE te recomienda ver:
  • En la sangre (Jimena Montemayor, 2015)
  • Un monstruo viene a verme (Juan Antonio Bayona, 2016)
  • El espíritu de la colmena (Victor Erice, 1973)

Periodista, cinéfilo y lector compulsivo, conductor en Mi cine tu cine (Once TV), locutor, jazzero y tragón. Miembro de la Semaine de la Critique de Cannes en 2014 y del Berlinale Talents Press. Estando antes en París, pasaba más tiempo dentro del cine que afuera, así que volví a la Ciudad de México en donde el cine es más barato y, digan lo que digan, se come mejor.

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